De las últimas novelas que he leído, la que ha salido al mercado hace unos días -y a pesar de habérmela cargado en un par de tardes-, es la más superficial, floja y un tanto predecible. Es un divertimento y poco más. O eso me ha parecido a mí que carezco de la pureza, la astucia, los bríos y la técnica de los reseñadores profesionales.
Me refiero a “Hijos de la fábula” de Fernando Aramburu, una historia que arranca en octubre de 2011. Novela con la que (alguien o algo) bombardean constantemente la pantalla de mi ordenador.
Supongo que ser escritor profesional consiste en ser una persona corroída por las prisas que se doblega a los plazos que le indiquen.
El más claro ejemplo es el de los premios Planeta -del que dicen que subcontratan al siguiente ganador de un año para otro- que no tienen nada que ver con literatura. Y yo diría que hasta con el sentido que le doy al valor de leer.
Ese libro de Aramburu se va a vender mucho. E incluso se leerá porque es amable y lleno de divertidos diálogos entre dos despistados amigos.
No suelo hacer críticas negativas de libros porque sé lo que cuesta que te publiquen uno (si no te has hecho un nombre a base de esfuerzos varios).
Tampoco quiero ser injusto con ese libro que, ya digo, se lee muy bien y entretiene, que inundará el universo lector de críticas positivas y que su editorial, sabiendo que es un “caballo ganador”, que es un autor que vende, hará todo lo posible para ganar dinero con él (lógico y razonable).
Esto me recuerda a que leí hace poco que una escritora lleva vendidos más de un millón de ejemplares de su libro. Enseguida me puse a pensar en euros.
Si es cierto que cada autor o autora gana el diez por ciento de lo que se vende de sus libros, esa escritora ya ha ganado más de diez millones de euros (no sé si Hacienda se queda con parte de esas ganancias).
Desde hace años veo a esa escritora en todas las redes sociales, en bibliotecas, librerías, presentaciones, firmas de libros, club de lecturas, comidas, cenas, meriendas, desayunos, programas de la tele…. Creo que lleva así por lo menos dos años. Tiene que ser duro, muy duro, para una escritora me refiero -en este caso-, no poder volver a enfrentarse al papel en blanco porque está trabajando de viajante, de vendedora de libros tal y como, supongo (no tengo mucha idea de esto) pondrá en alguna cláusula del contrato con su editorial.
En esto tiene que consistir lo de convertirse en escritor profesional: en perder tu privacidad, tus ganas de escribir y sobre todo, tu tiempo. Aparte de que -lo he visto muchas veces, demasiadas- en tener que escribir artículos de opinión en periódicos de cierta línea política editorial en los que, avezados escritores hacen el ridículo sin darse cuenta y por dinero (lo de hacer el ridículo lo hace todo el mundo, allá cada cual con el precio de su sentido del ridículo)
Un ejemplo es el de un gran y trabajador escritor español que leo de vez en cuando, que estropea sus artículos literarios soltando de pronto soflamas, afrentas, agravios y ultrajes solo y exclusivamente contra el gobierno de turno, machacándolo como si le fuera la vida en ello.
Volviendo al último libro del escritor profesional (hay que comer, por supuesto) Fernando Aramburu, también puede ocurrir que me ha parecido una novela poco literaria y enjundiosa, según mi excelso e incomparable criterio porque lo que he leído antes y después que su “Hijos de la fábula” sí me ha parecido de calidad. Y al comparar -he aquí el matiz- quizás son todas novelas de calidad, pero las otras (las que no son de Aramburu) mejores.
Me refiero a estas novelas (no sé si escritas en su momento por escritores profesionales u oscuros escribas que dieron a luz sus trabajos cuando ya el dinero les daba igual) leídas recientemente:
«Todo modo» de Leonardo Sciascia.
«El gran Gatsby» de Francis Scott Fitzgerald.
«La soledad del corredor de fondo» de Alan Sillitoe,
«Copérnico» (obra maestra) y “La carta de Newton» de John Banville (gran descubrimiento),
«Almost blue», «La isla del Ángel Caído» y “Guernica” de Carlo Lucarelli,
«Cámara oculta» de Zoran Zivkovic.
«El astrágalo» de Albertine Sarrazin.
«Nuestro corresponsal en el vacío» de Dimitri Verhulst.
«Los huevos fatales» de Mijaíl Bulgákov.
«Dos mujeres» de Elvio E. Gandolfo.
«El halcón peregrino» de Glenway Wescott.
«Gog» de Giovanni Papini.
«No amarás a un extraño» de Harold Robbins (también).
«La presa» de Kenzaburo Oé.
«Beloved» de Toni Morrison.
«Pájaros en un cielo de estaño» de Antonio Tocornal
O la sorprendentemente poco conocida obra maestra titulada «Jugadores de billar» de José Avello.
En resumen, si de mayor me hago escritor profesional, echadme en cara este texto.
Fin.












