No quiero ser escritor para no parecerme a lo que apuntó la humorística Fran Lebowitz al final de su libro “Vida metropolitana” (de 1984, de Tusquets editores y traducido por Alberto Cardín) sobre los escritores de Nueva York.
“Imaginen, por ejemplo, una lluviosa tarde de domingo en Nueva York. Los escritores de toda la ciudad permanecen en la cama con la cabeza metida debajo de sus respectivas almohadas. Tienen tallas, complexiones, razas, credos y religiones muy diversas, pero coinciden todos en una misma cosa: todos se quejan. Algunos se quejan de sí mismos. Otros de los colegas. Pero esto carece de la mayor importancia. Simultáneamente, todos se dan la vuelta en la cama y marcan un número de teléfono. En segundos, todos los escritores de Nueva York se encuentran hablando por teléfono con otro escritor de Nueva York. Hablan de no escribir. Este es, después de quien es o no es maricón, el tema de conversación más frecuente entre los escritores de Nueva York…”.
Busco en internet, “Escritores de Nueva York (años setenta siglo XX)”. Salen estos nombres Djuna Barnes, Dorothy Parker, Joseph Mitchell, Truman Capote (de este, Lebowitz dice que es mala persona), Norman Mailer, Gay Talese, Tom Wolfe…
A la conclusión a la que llega Leibowitz después de darle muchas divertidas vueltas es a que ni un solo escritor de Nueva York escribe.
Un sentimiento mutuo de alivio y bienestar es lo que les embarga cuando se enteran que ni uno solo de ellos, de los escritores de Nueva York, escribe. Está claro que la culpa no es de ellos, dice que se dicen, Fran Lebowitz.
Los escritores, sabedores de su mal, un día deciden hacer una huelga. Y se van al vestíbulo del hotel Algonquin, pero no a escribir allí, por supuesto, apuntilla Lebowitz.
Año y medio después los escritores se han dado cuenta de que no tienen nada que leer y se nombra una delegación para hablar con los escritores (así es el humor Lebowitz). “La delegación está formada por un bombero (¿no es gracioso?), un médico, un miembro del servicio de sanidad y un policía”.
Pero los escritores se niegan a negociar. Sus palabras textuales son: “Llamen a mi agente”.
”Los agentes se niegan a negociar hasta no tener en sus manos el contrato de venta de los derechos cinematográficos del acontecimiento. La huelga continua”.
La historia se expande hasta que llegan centenares de guardias de la Guardia Nacional al hotel Algonquin…”pero se ven obligados a retirarse, sembrados por provocadoras ráfagas de chistes sarcásticos” (recordemos que los huelguistas son escritores)
Uno de los escritores se convierte en líder de la huelga. Lleva en las manos un libro de tapa de “La crítica de la razón dialéctica” de Jean Paul Sartre. Y al parecer se ha leído el libro entero. Entero. Impresionante. Pero es un infiltrado. Un especialista en arbitrajes laborales enviado por el Ayuntamiento. El tipo (un auténtico rompehuelgas profesional) va convenciendo escritor a escritor, diciéndoles que hay compañeros suyos que ya han empezado a escribir. Se las sabe todas. Dice que hay escritores con el manuscrito ya terminado y que se lo publicarán en cuanto acabe la huelga.
Los escritores marchan a casa a continuar sin escribir. Y aquí acaba la crítica e irónica historia de Fran Lebowitz. Al final resulta que alguno de los escritores, al darse cuenta de que ha sido engañando, piensa o hace amagos de suicidarse. Lebowitz remata su historia sobre escritores neoyorquinos diciendo que de todo esto queda una enseñanza: “Nunca juzgue una cubierta por el libro que contiene”.
No quiero ser escritor. Y si algún día me convierto en uno de ellos, lo mismo me da y me empadrono en Nueva York. En el hotel Algonquin.
Que rima con fin.












