Mi hija tenía ocho o nueve años. Había llegado del cole con mala cara. Le pusimos el termómetro y estaba cerca de los 39ºC de fiebre. A pesar de estar pálida y sin fuerzas se puso a hacer los deberes. Le dijimos que dejara todo, que la íbamos a llevar al médico. Nos dijo que no, que hasta que no terminara los deberes no nos íbamos. Y terminó los deberes.
A eso se llama responsabilidad.
Con ocho o nueve años un niño puede ser responsable de lo que hace aunque nosotros no tengamos ni idea de lo que pasa por su cabeza. En el caso de C., ella sabía lo que tenía que hacer y lo hizo. Y es así desde que va al colegio. Ella se organiza sola. Si tiene tres deberes de tres asignaturas diferentes, sabe cuando tiene que hacer cada cosa, por ejemplo, dos antes de merendar y una después de jugar al ordenador o de salir a dar una vuelta con la bici. Ella sabrá, ahí no nos metemos excepto si tiene alguna duda y nos pregunta.
Y los hace. Los deberes. Casi todos los niños de esa edad son como ella, sensatos, serios y formales y conocen sus obligaciones, otra cosa es que con el tiempo «se tuerzan» por falta de motivación y de entusiasmo, más de los padres que de ellos.
Otra cuestión es que yo esté a favor o en contra de que le pongan deberes a los niños o que diga que el sistema educativo es un completo error y que habría que hacer exactamente lo contrario de lo que se hace. O que es lo que hay.
A pesar del esfuerzo tanto de profesores como de padres y niños, muchos alumnos andan desorientados, desmotivados y poco estimulados o como decía la canción punk del grupo Kortatu: «Hay algo aquí que va mal…».
Lo cierto es que existen los deberes. Y sean muchos o pocos, los niños los tienen que hacer. Es su responsabilidad. Y los hacen. Y muchos padres hacen como yo -bueno, como M.J. y yo, no hace falta decirlo-, estamos con nuestros hijos cuando lo necesitan.
En Sexto de Primaria aumentaron la dosis y la dificultad en los deberes. Y a veces mi hija me preguntaba cualquier cuestión sobre geografía, naturales, sociales o mates. Le contestaba tonterías relacionadas con el temario. Y nos reíamos mucho. Así pasábamos más tiempo juntos. Y encima yo recordaba nociones y conceptos olvidados. A veces ella me explicaba algo o hacíamos juegos de palabras relacionados con sus deberes Y ella se sentía importante, necesaria y querida. Y feliz. Y estamos hablando de hacer deberes. Y en vez de tardar veinte minutos en hacer los deberes, tardábamos hora y media. Y nos lo pasábamos bien. Juntos.
A los niños lo que les gusta es estar con sus padres que son sus ídolos y sus modelos a imitar.
Luego sí, hay familias rotas, ocurre, como también que los niños son los primeros que se adaptan a las nuevas circunstancias.
La pena es desperdiciar el potencial de, como cantaba Joan Manuel Serrat, en una canción que decía una palabrota (deja ya de joder con la pelota, eso no se dice, eso no se hace) “Esos locos bajitos que se incorporan con los ojos abiertos de par en par, sin respeto al horario ni a las costumbres y a los que por su bien, hay que domesticar”, aunque eso de domesticar a veces suene como domar y otras como “doméstico” o criado o servidor.
Y es que los niños son, serán y tienen que ser responsables de su vida, aunque los padres no lo sepamos porque nadie nos lo haya explicado.
Fin.












