Milan Kundera, en “La insoportable levedad del ser”, dijo algo así como que el hombre lo vive todo a ciegas, todo a la primera, sin preparación y sin que nos avisaran de lo que venía.
Y es que solo vivimos una vida y a la primera, es decir, que no nos da tiempo a recuperar el tiempo perdido o de rectificar. Solo con los años, la experiencia y, añado, las lecturas, vivencias, viajes y errores y errares -sí, porque errar es vagar, deambular, vagabundear-, nos vamos formando. Y aún así, hay quién no aprende.
Y cuando nos damos cuenta, aún sin saber ni por qué ni para qué, es tarde. Aunque, claro, todo depende de la actitud ante la vida. Y quien dice actitud dice humor, carácter, temperamento, naturaleza, apostura, talante, firmeza, mentalidad o de qué equipo seas.
Cuando me preguntan por esta novela de Milan Kundera, no suelo aconsejarla o al menos la vez que la leí, hace tiempo, me pareció demasiado poco estructurada o clara y con mucha más Filosofía de la que yo necesitaba en ese momento, por eso, no.
Solo hay que darse cuenta de que empieza hablando de la idea del eterno retorno de Nietzsche, para entender que a lo mejor no es el suyo uno de los 37 mejores comienzos de la historia de la Literatura:
«El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive solo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores» .
Y enseguida surge en la novela la pregunta “¿Cambia en algo la guerra entre dos estados africanos (por ejemplo) si se repite incontables veces en un eterno retorno? Sí y su estupidez será irreparable, digo yo, así, arriesgando.
Esto no es lo que esperaba yo de una novela cuando la leí allá por 1987. Sé que es en 1987 porque en un constante retorno vuelvo a la libreta donde anoto el título y la autora o el autor de los libros que leo.
Y volviendo al eterno retorno, en su obra “La gaya ciencia” Friedrich Nietzsche plantea que no sólo son los acontecimientos los que se repiten, sino también los pensamientos, sentimientos e ideas, vez tras vez, en una repetición infinita e incansable.
Entonces todo se convierte en un sin vivir, en un viaje sin brújula. Por eso, cuando escucho en los bares a personas que parecen tener problemas mentales agudos sin medicar por lo que dicen y cómo lo dicen, me doy cuenta, al poner la televisión y hacer zapping, que copian y plagian lo que dicen ciertos tertulianos que, como dice CT, hacen “una repetición sórdida de consignas”. Y que vaya amigos de barra que me echo.
Y si todo es un eterno retorno, de los borrachos al bar, de las consignas de televisión, de las caras de los tertulianos y -espero que en mi caso no- de los artículos de opinión peñazos, que todo sea en bien y a favor de esta “insoportable levedad del ser” que según cuentan los que saben, es la única que tenemos y además, sin mucho tiempo para rectificar las decisiones clave de la vida. O sí.
Fin.












