No es lo mismo leer un chiste que escucharlo. Ejemplos.
Uno le dice a su esposa: “María, matocao un viaje a Túnez”. A lo que le contesta la esposa: “¿Y qué vamoh a hacé con tanto pescao?”
La clave es confundir “un viaje a Túnez” con “un viaje de atúnes”.
Es como el otro chiste (me lo contó por primera vez mi amiga C en mitad de una clase de francés de la EOI, y eso que nos sentábamos en primera fila).
En el ring, presentando a dos luchadores, el spiker, que era un poco gangoso dice: “A mi derecha, el demoño rojo. Y a mi izquierda, el demoño rojo”. Así era difícil enterarte de algo, y más si te lo susurran delante de una profesora que te está hablando del presente de indicativo del verbo avoir. Resulta que uno de los contrincantes era un demonio rojo y el otro “el del moño rojo”.
Los chistes, si se sacan de contexto pueden herir, excepto si se entiende (el contexto) que es un chiste.
Me acuerdo de otro chiste de gangosos (Arévalo, el de los casetes de bares de carreteras, para mí era insufrible y con poca gracia).
Un gangoso (aviso que estos chistes no me hacen gracia, tengo un amigo que tenía problemas, me dijo que del “frenillo de la lengua” y sufrió mucho hasta que de adulto, gracias a los avances científicos se pudo operar) que va a una yogurtería, tienda rodeada por todas partes de yogures y dice (aquí hay que poner voz de Arévalo haciendo de gangoso, que no de gangoso): “Quiero un yogur”. “¿Danone?” le pregunta el yogurtero. “Danone sea”, contesta el cliente. El “De dónde sea” convertido en “Danone sea”, haciendo publicidad de la marca de yogur, no sería igual si te lo contara yo (mi estilo es el de Eugenio) que si lo hiciera mi amigo MF (su estilo es el de Casen, Manolo Marmol o del Comandante Lara) que antes de empezar ya se está riendo.
Llega un borracho a una bodega y dice: “Me da cinco litros de vino”. “¿Y el envase?”, pregunta el dependiente: “Está usted hablando con él”, contesta el borracho.
Mi amigo sabía muchos chistes de borrachos, algunos crueles, pero sabía no sacarlos de contexto. Eran un chiste que podría resultar gracioso por muy amargo y despiadado que fuera. Me atrevo hasta a contar uno.
Está un hombre en la barra de un bar bebiendo un vino detrás de otro, cuando después de un buen rato sin parar de trasegar, se baja del taburete, se tira al suelo y empieza a arrastrarse. Como vivía enfrente del bar tampoco lo tenía muy difícil, siguió arrastrándose, cruzó la acera arrastrándose, la calle arrastrándose. Al llegar a su bloque, abre la puerta de abajo, sube las escaleras como puede. Llama a la puerta de su casa. Abre la mujer y le dice: “Ya vienes borracho otra vez”. “¿Por qué lo dices?”, pregunta el borracho. “Pues porque te has vuelto a quedar la silla de ruedas en el bar”, contesta la mujer.
Uno se ríe o no.
Otro. Este lo escuché por primera vez viendo un partido de fútbol en directo: “¿Usté eh andalú?” “No, yo ando a pilas”. Poca gracia.
Y el último. Se lo escuché, a un empleado de Hacienda en la barra del bar la Corrala hace años: “Se abre el telón y aparece uno parando a un oso. Se cierra. Nombre del piloto de coches al que se refiere: Frenando al oso”.
Y ya está. Otro día escribo del libro sobre chistes de Zizek donde dice cosas serias como que “los chistes políticos le proporcionan a la gente corriente una manera fácil y tolerable de desahogarse, de mitigar sus frustraciones”, pero ese es un asunto más serio.












