Nubes en calma gravitan en el cielo extenso de mi valle. Desde el paso de Honduras, la mirada y con ella, el tiempo se detiene. Soy capaz de atrapar la plenitud del universo con mis ojos y siento la misma sensación de todos los años al oír el silencio de los cerezos, que se van preñando de flores, en su naturaleza, cuando ellos quieren. Primero, junto al río Jerte, en las zonas bajas del Valle o al otro lado de la montaña, en el Ambroz o La Vera, jugando con el tiempo y la suerte.
Como todos los años, un ritual para extasiarse con sus bancales en permanente alborozo que celebran el estallido, casi al unísono, de yemas floridas, que algún día sembraron de cerezos, en asamblea mayoritaria, nuestros amigos, los pájaros: el abejaruco, la abubilla, el alimoche, el buitre leonado o negro, el milano real, el martín pescado o el mochuelo…
Luego, vinieron los hombres y mujeres, ganando las montañas con sus manos, inventando bancales imposibles, orodando la tierra para que fuese madre con ellos y construir el paisaje que amortigüe la inevitable cólera de los dioses.
En el agua del Jerte, en las noches de luna llena, su cara se refleja en sus aguas y todo el valle parece una sabana negra salpicada de flores blancas. Sigue el tiempo quieto, propicio para el ensimismamiento. Cada año es diferente porque desde Plasencia hasta Tornavacas puedes elegir cientos de escondites, para saludar el viento o el resplandor detenido de un reflejo. Siempre es un nuevo descubrimiento. En cada ladera, diferentes recovecos.
Marcho al Mirador de la Memoria, donde descansa la falda de El Torno.
Sobre canchos graníticos descansan las miradas pétreas de dos jóvenes, una mujer y un anciano que parecen consolarse con el sonoro fluir del río y con la memoria de miles de ausentes. Es el mirador de las miradas perdidas, desde el que se divisa todo el valle y nunca te cansas de mirar. Avanzo desde El Torno hasta El Rebollar y me encuentro con la garganta de La Puria, y más allá, Las Nogaelas, entendiendo, por fin, aquello del paraíso en la tierra. Subo al norte, hacia Tornavacas, donde se alumbra la maravilla total del valle y desde donde un día me atreví a subir al Torreón, y ya no he dejado de amar a mi tierra.
Al bajar, Jerte, Cabezuela, Navaconcejo. Me dejo acompañar por el río y ahora, por la ladera contraria, subo a la garganta del Caozo y de allí hasta El Piornal; el pueblo donde intenta abrazarme el “Jarramplas” para que vuelva y donde los caballos potokas nos enseñan la palabra “Libertad”. Si las fuerzas me aguantan, desde allí a La Vera, por Garganta la Olla y entonces como levitando quedo. Y para cualquier visitante, si no estás cansado de mirar; parada y fonda en la que llaman la Perla del Valle; y andando, escríbela, desde sus murallas a sus plazas, callejuelas y palacios.
Cae la flor, porque todo pasa, y comienza la cerecera; y viene la cereza temprana que es pequeña y de rabo largo, la Picota autóctona; Pico negro, limón, colorado y Ambrunés. Carnosa, de sabor dulce o ácido, más roja o más negra, del color de la pólvora es y será mi rojiza bandera.
Aunque todo gozo tiene un tiempo finito, no pretendas engullir de un golpe la inmensidad de mi tierra. Yo sé que son escasas y contadas las primaveras, pero vuelve al Norte de Extremadura; en el estío para refugiarte en sus gargantas angostas y cristalinas o en el Otoño, donde los cerezos vuelven a vestirse de colores rojos y amarillos. Siempre tendrás un lugar en esta tierra callada, donde no le faltan cantores que la acompañan. “Del monte vengo, solo por verte, flor de cerezo, Valle del Jerte”.













El inconmensurable Valle de Plasencia,su topónimo, aunque conocido turísticamente como Valle del Jerte, desarrolla en estas fechas todo su esplendor luminoso de sus flores blancas que inundan en su totalidad kilométrica el Valle. Desde Tornavacas a Plasencia.Toda una sintonía de belleza natural única en España.