David Torres en un artículo escribe sobre fracasados ilustres como Albert Rivera (político que, dicen, no llegó a nada), Shackleton (explorador irlandés que siempre fracasaba en sus intentos de llegar a la Antártida) o Borges (que lo que más anhelaba ser un fracasado, pero que no le dejaban), dice que “en las clases que impartía hace años en algunas academias de literatura, siempre me esforzaba en predicar que lo máximo que puede hacer uno es fracasar y que más vale hacerlo con todas las consecuencias”.
Partiendo de la base de que fracasar es no obtener el resultado deseado o previsto, en el fondo, todos fracasamos.
Yo, que soy el tipo más optimista de todos los tiempos (y me quedo corto) todo lo que leo me dice que somos unos fracasados. Lea lo que lea, unos desgraciados. Abro un libro cualquiera por la página que sea y todo está abocado al fracaso.
Un ejemplo. Página 352 de la biografía del escritor Jean Genet escrita por Edmund White con traducción de Rossend Arqués. Tras la Segunda Guerra Mundial (un fracaso de la humanidad) Genet vivía en un hotel de Montmartre (¿vivir en un hotel no es triste?), era un escritor famoso, pero también el cabecilla de una banda de ladronzuelos que falsificaban documentos de identidad y comerciaban con artículos robados.
Si hay gente que es un escritor famoso, falsifica documentos o necesita comprar artículos robados es algo anómalo e irregular, un fracaso vital total, no hace falta decirlo.
En esa misma página se cuenta que Genet iba a sacar a sus amigos de la cárcel. La cárcel, otro fracaso.
Otro ejemplo, también al azar. Página 220 de “La hora del barquero” de Víctor Chamorro, en donde el protagonista narra el interrogatorio al que es sometido por parte de un torturador y de un psiquiatra (dos oficios que explican, solo con nombrarlos, el fracaso de la sociedad):
“Ha venido un sacerdote para invitarme a la esquizofrenia de la que usted ha conseguido sacarme”.
Él, el protagonista, busca “la templanza del no ser” (mayor fracaso no cabe), pero el sacerdote no le deja. ¿Quién es él, el sacerdote para intentar no dejarle fracasar como persona?
En “El malogrado” de Thomas Bernard, Wertheimer descienden en una espiral de pesimismo y pensamientos de autodesprecio, se siente un fracasado ante la fama mundial del pianista Joe Gould, que a su vez se pregunta
¿Qué sentido tiene para un músico interpretar una pieza cuando hay otro que roza la perfección? Todo es un fracaso. Todos malogrados.
En definitiva, todo en la vida tiene el marchamo y el aroma de la tristeza. Y eso que no leí aún el “Nunca llegarás a nada” de Juan Benet.
Resumiendo, acabo este artículo frustrado (¿No habéis leído “Soy un escritor frustrado” de José Ángel Mañas? Yo sí, otro fracaso absoluto, como todo) con una frase de Ramón de Campoamor (otro que tal baila) que dice:
“En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.
Pero, y apelando a mi optimismo intrínseco, escucho a Aute contar y cantar la enésima derrota de un fracaso, me quedo con cuando dice: ay, amor mío, qué terriblemente absurdo es estar vivo, sin el alma de tu cuerpo, sin tu latido.
En definitiva. Nos cuentan que todo va mal, que todo es una basura, una decepción, un engaño, una mentira, un fiasco, que nada nos llevará al éxito. Y nos lo creemos. Y nos hacen comparar.
Partamos de la base de que somos un fracaso. A partir de aquí, todo solo puede ir a mejor. Por ejemplo.
Fin.












