Aquí estoy con las gafas de cerca, no, no de Cercas, Javier Cercas, ni de cercanías, ni de cercos, empalizadas, setos o tapias. Ni gafotas como las de Manolito.
Son anteojos, antiparras, lentes, lentillas de culo de botella, espejuelos, quevedos, binoculares, gafas de lejos, de cerca, las cercanas, las de ver (¿vas al oculista? sí. Y eso. Es porque el deber -de ver- me llama)”. O algo así.
Gafas que esconden la cara. Que te ayudan contra el sol, las ojeras y las explicaciones. Que llevan el peso de la vida.
Gafas -también- gafadas como las que utilizaba Alfonso Arús hace treinta años en «Al ataque» haciendo de Pepe Gáfez.
Y luego están las que llevamos sin saber que disfrutamos yendo a ciegas por el mundo.
Porque la vida, a veces, es un carnaval. Gafas.












