Hace años, cuando no era fácil que salieran del armario, tenía cinco o seis amigos homosexuales. Ahora no tengo ni idea, no es una cuestión que me preocupe. Uno de ellos decía que no era gay, que él lo que era, es maricón. Así, con esa contundente palabra.
Otro me tiraba los tejos porque decía que le gustaban los heteros imposibles. También tenía cuatro o cinco amigas lesbianas. Una de ellas me tiró los tejos (también) y delante de mi santa esposa, para darle celos a su ex pareja. También tengo alguna amiga bisexual que es la que mejor se lo pasa, dice. E, incluso, una de mis amigas es asexual.
Nunca me acuerdo de esas coyunturas. Digo que nunca me acuerdo de la condición sexual de mis amigos y amigas. El que sean sexuales, heterosexuales, homosexuales, horterosexuales, trisexuales o con el punto G a la altura del cerebelo no es de mi incumbencia ni una cuestión que me entusiasme ni mucho ni poco. No sé a quién se le ha ocurrido darle tanta importancia a estas cosas del sexo.
Los psicólogos y sexólogos que saben de qué hablan dicen que el sexo está en el cerebro. Usemos el cerebro. Mucho. Seguro que lo pasamos bien. Digo yo. Y luego hablamos de heteros, homos y esas cosillas que tarde o temprano, pasarán a segundo o tercer plano, cuando se hayan “normalizado”.
Digo.












