Un martes antes de irse a trabajar fue a verme a la oficina. Me dijo que acababa de llevar a los nietos a la escuela y que iba apurado de tiempo. Rafael es un mes mas joven que yo. O un mes más viejo, no recuerdo.
Vivíamos en la misma calle. Recuerdo que cuando teníamos seis o siete años asistí a la boda de una hermana suya -yo era uno de los niños que corría junto con muchos otros detrás de una señora que llevaba un pañuelo- (creo recordar que con un nudo en cada punta).
Ya de mayores, una vez me pidió que le hiciera un cartel en un folio de papel. Me dijo que haría fotocopias del cartelito, pegaría cada cartelito en un palo y con él, banderitas. Y daría una banderita a cada asistente a una reunión que había convocado y en la que él era el predicador.
Rafael, es un tipo tranquilo, flemático, afable, amable, inalterable, con gran sentido del humor y buena persona. Uno de sus hijos tiene unos ojos tan azules que a pesar de lo renegrido de piel que es –igualito al padre- me dice a carcajadas que no parece gitano.
Como Rafael anda más bien pasado de peso y aunque ni se inmuta, de vez en cuando sale a andar por los caminos de cerca de su casa. Me cuenta que tiene que mantenerse en forma para el “culto”.
A su edad -y la mía- es abuelo desde que tenía cuarenta y tantos años. En su cultura se casan en plena pubertad.
Y aunque viva asentado en Mérida, tiene sangre de nómadas, le encanta viajar en su furgoneta.
Él y los suyos tienen tanto respeto a la muerte y al dolor que cuando un familiar se pone enfermo va toda la familia, aún la más lejana, a esperar su curación al hospital dónde se encuentre ingresado. Y si fallece alguien cercano, el luto de riguroso negro de las mujeres les dura por lo menos un año. Da igual que la enlutada tenga veinte años que cincuenta. Curiosa y desconocida (para los payos) cultura la de los gitanos.
Una vez llegó a la oficina un tipo –no gitano- bastante estrafalario y con pinta un tanto desasosegante, que no recuerdo por qué, empezó a contarme la historia del pueblo gitano.
El tipo era un erudito. Me dijo que los gitanos procedían de la India y que había dos ramas, los gipsy y los romaníes. Luego se explayó. Me contó historias curiosas que me hicieron comprender mejor porqué son nómadas, el porqué sus tradiciones y porqué en nuestras opulentas sociedades el pueblo gitano no es bien visto.
Historias de redadas, expulsiones, migraciones, huidas, discriminaciones, persecuciones y marginación.
Historias de gitanos. De gitanos que se apellidan Vázquez, Vargas, Molina, Cortés, Heredia, Navarro, Reyes o Montoya, que tienen fama (me contó entre risas) de que cada vez que ven una cámara de televisión se ponen a cantar, bailar y a tocar las palmas con alegría porque son unos artistas.
Y que si son famosos (cantaores, bailaores, actrices…), son «menos gitanos», con claros ejemplos en los futbolistas de la liga española: Fali (Cádiz), el fallecido José Antonio Reyes (Sevilla, Real Madrid), Jesús Navas (Sevilla), Amaya (ex del Rayo y del Betis) José Rodríguez (que jugó en el Castilla y ahora lo hace en Bélgica), el extremeño Óliver Torres, Seba (que jugó en el Zaragoza) o Güiza (ex del Mallorca que a sus 42 años aún juega, en el Rota). U otros como Ibrahimovic, Pirlo, Cantona, Stoichkov o Gica Hagi. Hasta de Cristiano Ronaldo dicen que tiene sangre gitana -a mucha honra- por parte de padre.
En fin, me quedo con lo que conozco de Rafael y con los buenos ratos que pasamos de vez en cuando recordando los viejos tiempos en la calle.












