Dos nacionalismos, dos mentiras, dos prejuicios, dos delirios, dos elitismos, dos clasismos, dos orejeras, dos visiones oportunistas para esconder las múltiples miradas de la España que entre todos vaciaron y la Cataluña diversa, cosmopolita e integradora que reventó el pujolismo. El de la Banca Catalana como afrenta a toda Cataluña, el del 3%…
Cuando me fui a trabajar a Barcelona, llegué curado de banderas. España estaba ya rota entre los ricos y pobres, entre los dominantes y dominados, entre los del norte y el sur… Yo era un emigrante, como muchos extremeños, andaluces, aragoneses o castellanos. Los próceres que hoy hablan de igualdad, rompiéndose las vestiduras por una acto de gracia, son los hijos y los hijos de los hijos de los que me obligaron a salir de mi tierra.
Conocí la Cataluña abierta de finales de los setenta y la libertad escrita en cada uno de sus poros, hasta que en 1980 comenzó todo. Vuelta al victimismo, a las luces cortas, a la Cataluña miope, a la cultura adocenada desde una Generalitat nacionalista, ventajista y patrimonialista de una tierra, que quieran o no, nunca podrá ser rebajada al reduccionismo de una patria ortopédica con carta de admisión.
Entonces, comencé a escuchar cosas muy bestias; puede que fruto de las burradas realizadas por la dictadura franquista. A ellos les negaron hablar en su lengua y a los míos nos negaron la alfabetización. Volvía la exaltación de las identidades utilizadas para la confrontación. En pocos años, con el “Honorable, Pujol”, la apuesta por la privatización de los servicios públicos fue alarmante y aquella Barcelona liberal y libertaria que conocí, fue desapareciendo. Mientras, escuchaba la propaganda oficial de: “Es catalán todo aquel que vive en Cataluña”, aunque nunca me lo creí. Era la misma farsa patriótica de donde venía. Y entonces me dediqué a trabajar en mi escuela, a aprender y a sentir aquella tierra como la mía; sin más etiquetas. Y la quise y la quiero. Y conocí la solidaridad, los movimientos sociales y sindicales pegados a tierra. Y me enamoré de una catalana y tuve un hijo, catalán. Nunca podré olvidar aquel Mediterráneo abundante de luz.
Viví los años finales del “Procés”. Era una respuesta lógica a una estrategia electoralista iniciada por el PP, años atrás. Sí, fragmentación de los claustros de profesores, de familias y de amigos. A mis colegas independentistas, en los repetidos y acalorados debates, les decía que dejándome llevar por las emociones, sería independentista, pero no era el caso porque mantenía la templanza de la memoria.
Muchos de los que habían pactado con la derecha españolista reformas laborales precarias, leyes mordazas, recortes sociales y austericidas, eran los mismos que reclamaban la independencia de Cataluña. Muchos de los que hoy son amnistiados reclamaban la represión de manifestantes contra el “Parlament de Catalunya”. Me ahorro los nombres por sabidos. Y en medio de todo un disparate territorial, gamberros institucionales avivando el incendio de los sentimientos. Recuerdo que el 1 de octubre de 2017 al grito de “A por ellos”, sentí una inmensa pena. Nunca me cansaré de repetir la humillación que sentí como español.
Muchos de los amnistiados no merecerían nunca la amnistía, pero sería otra respuesta emocional, que nos llevaría a entrar en bucle. No es debilidad la amnistía, es inteligencia, utilizando otro patrón conductual al que nos llevó a la tristeza de un conflicto que era y es, evitable. Rajoy fabricó, conscientemente, independentistas y este Gobierno está consiguiendo que se desapunten de ese proyecto en una España diversa.
Los que fueron más amnistiados en 1978, hoy son los que más se niegan a la amnistía, cuando dicen que se rompe España. Y nos procuran la vergüenza de un “Help Spain”, el mismo insulto a la inteligencia que escuchaba con aquel “Freedom for Catalonia”. La misma estulticia ha sido, al fin, internacionalizada. Gente básica, haciendo el juego a gente básica. Trasladando a Europa, aunque no crean en Europa, un debate inventado en una historia revisada. Relatos ficticios, tramposos, cargados de prejuicios de campanario, basados en la ignorancia muchas veces, aunque otras en la ambición personal y de sus respectivas tribus.












