Exitosa inauguración de la restauración del Órgano Mayor de la Santa Iglesia Catedral, con lleno de público y una calidad impresionante y una música muy limpia del örgano.
El obispo, monseñor Ernesto Jesús Brotóns Tena, leyó al final del convierto ofrecido por Lucie Žáková, con el soporte técnico del maestro Azpiazu, una semblanza que encantó a los presentes.
El discurso íntegro de monseñor fue el siguiente:
Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes.
Estimados sr. Deán, Cabildo de la catedral, Prefecto de Música, Sra. Concejala de Cultura, Organista… Permitidme un saludo especial a D. José Antonio Azpiazu Mateos y a Dña. Lucie Žáková, a quienes hoy, sobre todo, debo felicitar y agradecer, sin ninguna duda, su buen hacer.
Si hace 104 años, fue un maestro de Azpeitia, de la casa Eleizgaray, quien construyó el órgano mayor de nuestra catedral, hoy es otro maestro organero, de la misma tierra, D. José Antonio, quien ha asumido su restauración y puesta a punto, siguiendo, precisamente, los pasos de su padre, quien afrontó esta misma labor hace unos cuarenta años, siendo entonces Prefecto de Música D. Román Gómez Guillén. Felicito al Cabildo por el reto de afrontar esta tarea y, por supuesto, a D. José Antonio por la restauración realizada, cuyo resultado hemos podido apreciar, magníficamente, por cierto, de la mano de la maestra Lucie, restauración que no solo ha sido realizada con precisión y sabiduría, sino, sobre todo, me atrevo a intuir, con emoción, cariño y amor.
Benedicto XVI, como todos sabéis, gran amante de la música, destacó una y otra vez la capacidad de este arte para abrir un boquete de esperanza en el corazón herido, para elevar el alma y el corazón del hombre hacia lo Alto, hacia el Bien y la Belleza con mayúscula. “Nos encontramos [proclamaba] frente al misterio de la belleza infinita que nos hace experimentar la presencia de Dios de una manera mucho más viva y verdadera de lo que podrían hacernos sentir muchas homilías”. “Nos arrebata a lo celestial”, dirá Sto. Tomás a propósito, precisamente, de la música de órgano, que, como hemos escuchado, conjuga genialmente delicadeza y fuerza, recogiendo así tras sus registros múltiples sentimientos y emociones. El mismo Concilio Vaticano II hará suya esta convicción: “Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales”.

Por eso, la música, y la música de órgano, encuentra en la liturgia su espacio y ámbito más íntimo, más profundo, su significado más relevante. De hecho, siempre ha tenido un lugar central en la liturgia cristiana. Como del silencio, necesitamos de su lenguaje para entrar en sintonía con la belleza de Dios, para descubrir su presencia. Sumergirnos en sus notas nos dispone a la escucha. Es más que un mero adorno, es lenguaje, diálogo, de amor y adoración. En la liturgia, nos recuerda el Vaticano II, la música no es un mero elemento decorativo; es un ministerio.
Y es que, allí donde no llegan las palabras, llega la música. Existe un parentesco misterioso y profundo entre la música y la esperanza, entre el canto y la vida eterna, entre la música y el encuentro y la fiesta, entre la música y las experiencias fontales del amor y del dolor.
Cuando el hombre alaba a Dios, la simple palabra no es suficiente. Y, por ello, pide ayuda al canto, a los instrumentos… Y la música escondida de la creación se despierta. Y Dios también habla en y a través de notas y pentagramas. De ahí, en palabras estas últimas del papa Francisco, ese parentesco entre el músico, el intérprete, el organista y el lector de la Palabra de Dios.
Por ser testimonio de la profundidad de la Palabra de Dios que toca el corazón de las personas, la música se convierte en instrumento privilegiado de la evangelización; nos acerca a las personas, une a los pueblos.
Termino de nuevo, felicitándoos por la gran labor realizada. Gracias de verdad y de corazón. Que el eco de este órgano mayor de nuestra catedral nos permita sumergirnos en la armonía de la voz de Dios y nos haga a todos signos e instrumentos de la sinfonía de la fraternidad universal».












