Lewis H. Morgan, considerado uno de los fundadores de la antropología moderna, en su libro de 1877 titulado “La sociedad primitiva”, que es un estudio sobre la evolución de las sociedades humanas, cuenta que “el pescado es la primera clase de alimentación artificial del hombre”, ya que solo era era completamente aprovechable si se cocinaba. E indica que, quizás, la primera utilización del fuego fuera para este fin.
Esta es una de las claves de la evolución humana, el fuego y la ingesta de pescado. En las sociedades primitivas, la conservación de la vida se hacía mediante la constante adquisición del alimento que es uno de los instintos básicos primarios, aparte del de reproducción, subsistencia y del cuidado de los niños y desvalidos.
Siguiendo con Lewis H. Morgan, la subsistencia natural que diferenciaba a los hombres de los animales empezaba con la ingesta de frutas y raíces. Después, gracias a la invención del lenguaje, al fuego, como indiqué antes, al cultivo de cereales y plantas y por último a la domesticación de animales que introdujo una nueva forma de vida, la pastoral, hicieron que el hombre avanzara en la escala evolutiva hasta traernos aquí, al siglo XXI mismamente.
A pesar de la evolución, los instintos básicos implantados en el ADN -y por tanto en el cerebro- son un comportamiento hereditario fundamental en dichos avances.
Los instintos se heredan y son bastante característicos -parecidos, por no decir idénticos- en cada especie animal. El objetivo del instinto es favorecer la supervivencia del individuo o de la especie. Por eso cuando reaccionamos fuera de toda lógica, lo hacemos guiados por nuestros instintos y en beneficio propio.
Vuelvo al antropólogo Lewis H. Morgan que pasó parte de su vida estudiando las cinco tribus iroqueses, los nativos norteamericanos. En ellos observó distintos aspectos de su modo de vida y cultura: religión, arquitectura doméstica, gobierno y organización social, cultura material, lenguaje y nombres de lugares, etnobotánica… llegando a crear, en base a sus estudios, un sistema de parentescos entre familiares de unas tribus y otras.
Con esta clasificación Lewis H. Morgan indicaba “la línea de demarcación entre naciones civilizadas y no civilizadas”, para luego llegar a la conclusión de que los grandes problemas que se generaron en todas las sociedades y parentescos fueron a causa de la acumulación de riqueza, que dio paso la creación de la propiedad privada y con ella el deseo de poder transmitirla de padres a hijos.
Morgan en su muy interesante “La sociedad primitiva”, habla de la evolución, de cómo del salvajismo se evolucionó a la barbarie (porque fue un avance) para luego pasar a la civilización que es donde convivimos los seres humanos, siempre con los límites o líneas rojas que nos imponen los instintos básicos.
Entre esos instintos básicos no se encuentra la religión, fuente de conflictos bélicos como el existente hoy en día entre Palestina e Israel. A la religión algunos la llaman «instinto gregario» formado a partir de los instintos de curiosidad, miedo y sujeción, más la suma de tres emociones: admiración, asombro y reverencia -cada instinto conlleva una emoción-. Aunque otros pensadores creen que existe la religión porque el ser humano necesita creer, pero que no tienen o tendrían nada que ver con las guerras.
A la conclusión a la que llego es a que las guerras son uno de los motivos de involución de la especie humana. Y es que con ellas se ponen en entredicho ciertos instintos básicos primarios como los ya nombrados de adquisición de alimentos, reproducción, subsistencia y el cuidado de los niños y desvalidos, que en una guerra desaparecen por completo. Aparte de que, por otro lado y desde “la lejanía” nos deshumaniza desde el momento en que convertimos a los fallecidos y heridos, en inhumanas cifras y hasta en ganancia de tertulianos televisivos y programadores de televisión, algo que podría estar basado también en los más bajos y egoístas instintos básicos.
Fin.












