Ante la imagen dura de los asesinatos en masa indiscriminados que se están produciendo en Gaza -y antes en Israel- he leído comentarios de personas tristes y enfurecidas que dicen que nos merecemos la extinción y desaparecer como especie. Alguien grita que se quitan hasta las ganas de traer hijos a este mundo podrido porque el ser humano es la peor especie.
Es duro, pero creo que no hay que hacer caso literal de esas palabras. No nos merecemos la extinción, si acaso, los asesinos que perpetran y permiten y hasta fomentan estos genocidios por dinero o poder, así de simple. O por religión. O, como escuché una vez a una persona, por demografía. Ese individuo estaba convencido de que sobraba gente en el planeta y que entre las guerras y las catástrofes naturales se “limpiaba” el mundo para que pudiéramos seguir viviendo los demás. A él no le iba a tocar, porque era “de los elegidos”, es decir, según él, una persona de bien. Algo totalmente absurdo a lo que no hay que prestar mucha atención -aunque yo ahora se la preste-.
Jerusalén -la zona existente entre el río Jordán y el mar Mediterráneo- puede resultar zona de conflicto, no solo por la posesión territorial sino también por algo tan simple como que es la cuna del cristianismo, la tierra prometida para judíos y para los musulmanes el lugar donde Mahoma ascendió a los cielos.
Hay una novela histórica, quizás la mejor de todas las que he leído y he leído muchas, donde se cuenta la convivencia entre un poeta andaluz de origen árabe, un médico judío y un escudero cristiano allá por el año 711 de nuestra era. Se trata de “El puente de Alcántara” de Frank Baer.
Ese año 711 la Península Ibérica estaba bajo el dominio de los visigodos que habían reemplazado a los romanos -en Mérida sabemos mucho de estos- con las famosas invasiones bárbaras. En la novela se cuentan las “mezclas” y disputas que hubo a lo largo de los años entre árabes, judíos y cristianos con las luchas de fe o religiosas. Mil y pico años después parece que aún quedan ascuas.
Todo lo que escribo es para poner en contexto -grosso modo- la Historia del mundo y la importancia del hecho religioso. No hablo de fe, de creencias, de moral o de lo que pueda unir o desunir la Religión ni tan siquiera de guerra santa -esto de guerra santa suena raro en el año 2024 en que casi estamos ya- o en conflictos étnicos, políticos o sociales.
Carlos Trías lo contaba mejor que yo en un “Ajoblanco” de 1996, “Jerusalén es la capital de Israel y Palestina y al mismo tiempo el centro ombligo del mundo para los judíos, el oriente u origen para los cristianos y el norte o punto magnético para los musulmanes. Es una ciudad tres veces santa con el mayor índice de clérigos por metro cuadrado del planeta, frecuentada por profetas e iluminados solitarios y peregrinos de las más diversas sectas, iglesias y confesiones. Se trata, en definitiva, de una ciudad cargada de sentido que a veces -como ahora- huele a pólvora y parece como si estuviera a punto de estallar”.
Y luego, no hace falta decirlo, están los que se aprovechan de todo, como buitres, no solo los que venden armas o se postulan para reconstruir lo destrozado -cuánto más se destruya más ganarán luego ellos, sin escrúpulos…-si es que los hay que aprovechan la muerte de personas inocentes en Gaza o Israel, para hablar mal del partido político contrario al suyo, algo que visto desde fuera, suena a cinismo y un poco repugnante.
No todo es culpa de la religión, por supuesto, pero es un componente a tener en cuenta.
Son duras las imágenes que nos llegan (¿Cómo serán las que no nos llegan?), pero a pesar de todo, soy de los que creo que no merecemos la extinción ni desaparecer como especie.
Fin.












