Resulta que el destinatario de la reprobación aprobada por amplia mayoría en el Congreso de los Diputados es el ministro del Interior, don Fernando Grande-Marlasca Gómez, quien ejerció como juez (persona con capacidad para juzgar y sentenciar y que fue responsable de la aplicación de las leyes).
Es la de juez una labor fundamental en nuestro sistema político. Sustento y cimiento de uno de los tres grandes pilares de la democracia liberal y monarquía parlamentaria de la que disfrutamos hace casi medio siglo. Trabajo minusvalorado y circunscrito en el imaginario colectivo a la parte punitiva, cuando no negativa, es su ámbito de actuación mucho más amplia y necesaria.
Tarea sin duda vocacional y que conlleva, al menos así lo creo, más servidumbres que privilegios. Escasamente retribuidos y excesivamente exigidos, en lo laboral e incluso en lo personal por los condicionantes que su desempeño conlleva aparejados, detalle este desconocido para la mayoría de los españoles.
Entiendo que, en el caso que hoy nos ocupa y agravado por su Ministerio, no ha estado acertado el Congreso de los Diputados al reprobar al ministro del Interior por su gestión de la tragedia ocurrida en la valla de Melilla, el día 24 de junio de 2022.
Máxime cuando el argumento esgrimido por el diputado conservador, don Fernando Adolfo Gutiérrez Díaz de Otazu, es la “innumerable cantidad de mentiras proferidas” y “por mentir a los ciudadanos sobre las circunstancias de un episodio tan grave como el de la valla de Melilla”.

Si quien fuera juez, y hoy ostenta la cartera del Ministerio del Interior, efectivamente es un embustero no merece ocupar ese cargo. En tal caso no bastaría con una simple reprimenda, entendida como crítica o desaprobación enérgica que se hace de su conducta. Si por el contrario no es así quien debe dejar su escaño es el diputado que ha promovido la iniciativa hoy aprobada, con mayoría de 173 votos a favor frente a 160 en contra.
Los fallecidos en el asalto a la valla ejercían de infantería invasora, desesperada e inducida. Curiosa y asombrosa hazaña en ese juego letal en el que apenas una doble malla metálica, cuasi cinegética y con concertinas, dictamina entre la vida ansiada por los que logran sortearla y la muerte por aplastamiento del resto.
Aún hoy se discute quién acuñó la famosa frase: “la política hace extraños compañeros de cama”. Unos apuestan por Sir Winston Leonard Spencer Churchill y otros se la atribuyen a don Manuel Fraga Iribarne.
Cualquiera de ambos asistiría estupefacto a una votación conjunta de la totalidad de las diferentes sensibilidades de la derecha española junto a los independentistas de Esquerra Republicana de Catalunya, la CUP, la abstención de PNV y Bildu (esta última formación es la que impulsó la creación de la comisión de investigación en el Congreso).
Y ahora le toca el turno a la reprobable Irene María Montero Gil, por la ley del solo sí es sí. Literalmente por la “revictimización de las mujeres agredidas”, “falsedad de las manifestaciones realizadas por la ministra de Igualdad” y por tachar de “machistas” a jueces y magistrados.
Finalizo parafraseando a don Álvaro Figueroa y Torres, conde de Romanones, quién al ser informado del resultado de aquella votación a la Real Academia, apesadumbrado y cariacontecido, exclamó: “Joder, ¡qué tropa!»













