Aunque mi libro de cabecera en la adolescencia fue “El lobo estepario” de Herman Hesse, mi escritor favorito era el checo Franz Kafka.
Leí todo lo que pude de él y con tanta intensidad que aún recuerdo, cuarenta y tantos años después, bastantes de los argumentos de sus cuentos y novelas.
O mejor dicho, del significado de su apellido convertido en adjetivo. Y es que lo kafkiano es aquella situación que tiene el mismo carácter absurdo que las situaciones que Kafka describía en sus obras.
Un ejemplo es lo que me ocurrió el otro día en Madrid, una historia sin argumentos ni trascendencia y sin mucho sentido, ya digo, kafkiana.
MJ y C habían ido a ver algo en una tienda lo que aproveché para acercarme a un bar ya que no había una librería cerca.
En la puerta del bar, sentadas en taburetes había dos chicas de unos treinta y tantos años, cada una con un doble de cerveza.
Cuando fui a entrar, una de ellas me mira y me dice: “Hola, soy abogado anarquista”.
Esto de por sí es lo suficientemente kafkiano como para terminar aquí la historia. Seguro estoy de que la joven, a la que casi doblaba en edad, no lo hizo con la intención de ligar conmigo -no soy el que era- ya que me había visto acompañado por MJ y C hasta la puerta del bar para “situarse” cuando vinieran a buscarme.
Yo creo que lo hizo más bien al estilo chulapo, de forma desenfadada y con la intención -kafkiana o no- de “quedarse conmigo”.
No soy como el artista del hambre de Kafka que era un experto “ayunador”, pero sí un poco como el artista del trapecio, el cuento en el que Kafka dice que el protagonista “había organizado su vida de manera tal, primero por un afán de perfección profesional y luego por costumbre, una costumbre que se había vuelto tiránica, ya que mientras trabajaba en el circo, permanecía día y noche en su trapecio”, respondí más kafkianamente aún.
“Hola”, dije de un tirón y casi sin respirar para continuar: “No, no, yo, aunque controlo la Ley General Tributaria, La Ley de Haciendas Locales, el Código Penal, la Ley de Protección de datos, la antigua Ley treinta noventa y dos, algunos artículos de la Constitución y hasta la Ley de la Gravedad, no soy abogado pero sí anarquista.”
Lo dije con lo poco que me gustan la etiquetas. Las dos jóvenes se me quedaron mirando como diciendo “¿Este de qué va?” por lo que mientras ni se movían del sitio, ni me contestaban, ni tocaban sus cervezas y ya lanzado a una especie de kafkiano monólogo continué:
“Qué suerte ser abogado -ella no dijo abogada- anarquista. Yo tengo un amigo que es parecido -no sé para qué lo metí aquí-. Es escritor, profesor universitario jubilado y anarquista. Desde que se jubiló se dedica a ir por ateneos, universidades y cualquier sitio donde le llamen para hablar de temas relacionados con la anarquía. No es abogado, pero sí anarquista, como yo”.
Añadí tres o cuatro frases absurdas -kafkianas- más, me metí en el bar, pedí una cerveza a la camarera y al rato, cuando ni la había terminado, llegaron MJ y C sin haber comprado nada.
Al salir del bar, las dos chicas seguían sentadas en los taburetes de la puerta del bar. Me dio la sensación de que no se habían movido un milímetro, como si se hubieran convertido en estatuas de sal.
La abogado anarquista al verme salir me miró y solo dijo: “Adiós, adiós, buenas tardes”, con la misma cara de Josef K. el un oficinista bancario al que en “El Proceso” de Kafka es arrestado sin tener ni idea de por qué.
Fin.












