Estábamos tomando cañas cuando alguien dijo: “El próximo miércoles nos vamos a mi apartamento de La Antilla y como es Semana Santa, nos quedamos hasta el domingo”. Eso hicimos. Ocho mujeres, dos niñas pequeñas y yo.
Como todos no cabíamos en el apartamento de la amiga, MJ, C y yo nos quedamos en un hostal de la calle del Sobaco y alguien más en el hotel que divide La Antilla -con sus casitas de pescadores junto al mar- con el paseo marítimo que lleva hasta Isla Antilla y su visitado centro comercial.
La calle principal de La Antilla, peatonal, no sé si tiene nombre, pero las gentes de Mérida la llamamos calle del Sobaco. Conoces a todo el mundo y vas saludando levantando, brazo en alto: “Hola, adiós, ¿Qué tal? Otro año más en la playa ¿no?” Esta famosa calle del Sobaco fue clave en el final de esta historia.
Los trescientos kilómetros que separan Mérida de La Antilla (Huelva) los hicimos en tres coches, ocho mujeres, dos niñas y yo.
El largo fin de semana fue ideal, entre paseos a la orilla del mar, caminatas por el estrecho paseo marítimo que nos llevaba al centro comercial de Isla Antilla, cervezas en los bares de los alrededores de la calle del Sobaco, saludos a medio Mérida sobaco al viento o algún que otro botellón en el apartamento de nuestra amiga, hasta que llegó el domingo por la mañana y tuvimos que irnos.
La amiga que tenía el apartamento estaba jubilada y se quedaría como mínimo una semana más en La Antilla, lo que significaba que había un coche menos para regresar a Mérida. Haciendo cuentas, sobraba una persona. En un coche irían cuatro mujeres y una niña y en el otro, las otras cuatro y la otra niña. La decisión fue fácil y rápida: “Tú-me dijeron- te vas mañana en autobús o sino, con toda la gente que conoces, seguro que alguien te acerca en coche”.
Se montaron en los coches y se largaron. Ahí estaba yo, un domingo a las once de la mañana tirado -es un decir- en mitad de la calle del Sobaco. Y el lunes trabajaba.
Me puse a dar vueltas por la calle del Sobaco. A esas horas no había mucha gente, aún así, vi a dos o tres parejas que conocía de vista de Mérida, pero no tenía suficiente confianza para preguntarles si tenían sitio para llevarme. Una pareja de amigos a los que pregunté, se quedaban un par de días más.
Serían ya la una y algo del mediodía cuando en una terraza había cuatro jóvenes. Una de ellas era hermana de mi gran amigo Q. Le pregunté. Se iban en un rato. Me apunté. El coche puede que fuera un Peugeot 306. Era nuevo y tenía GPS, algo novedoso en aquellos años.
P., que así se llamaba la hermana de mi amigo, se sentó al volante, a su derecha la chica que se casaba -habían estado de despedida de soltera-, atrás, en un lado MF, en el otro otra chica de la que tampoco recuerdo el nombre y yo en el medio.
Lo que más me llamó la atención fue el Tomtom o GPS del coche al que llamaban la China. Las vueltas que nos hizo dar el cacharro ese con su voz de china, no solo para salir del pueblo sino para encontrar la carretera que nos devolviera a Mérida sin tener que pasar por el centro de Sevilla.
En tres horas se llega desde La Antilla a Mérida. Tardamos más de cuatro. La culpa fue de la china. Cada vez que le preguntábamos por un bar, nos llevaba. Hasta que llegamos a Mérida.
Solo volví a ver a una de las cuatro. MF trabajaba en la guardería dónde yo llevaba a mi hija. A las otras ocho y a las dos niñas que me metieron en el embrollo, también, cómo olvidarme.
Fin.












