Elías Bendodo Benasaya, diputado en el Congreso y coordinador general del Partido Popular.
Franco había muerto y Fraga, oponiéndose a la celebración sindical de clase del primero de mayo en 1976, pronunció la célebre frase de “la calle es mía”. Este gallego, era entonces ministro de Gobernación de uno de los delfines franquista, Carlos Navarro, el “Carnicerito de Málaga”. Fue el año de la matanza de Vitoria y la de Montejurra. Luego, su transformismo político, le hizo pasar por galleguista, demócrata y padre de una Constitución que su partido, Alianza Popular, no quiso.
La derecha extrema por boca del coordinador del PP, hace unos días, afirmaba, sin ningún rubor, que “la calle es nuestra”. Ese sustrato patrimonial, al Gobierno Rajoy, le trajo malas consecuencias cuando oímos por las calles de Cataluña, “a por ellos”. El Sr. Bendodo, en un ejercicio de superación dialéctica e ideológica, transforma la calle patrimonial de Fraga en una propiedad colectiva limitada de su concepto miope y partidista de España. Todo un avance. Imagino que esta proyección se puede acomodar a la bandera, la monarquía, la justicia, la policía… Todo es suyo, todo les pertenece por alguna razón intrínseca a su concepción de patria.
Y claro, luego este marco teórico, se traslada burdamente a unos macarras fascinerosos que hacen quedadas todos los años para dar la brasa el 12 de octubre o por dos manifestaciones, muy legítimas, de una mayoría silenciosa que no sobrepasa los cincuenta mil o cien mil personas, cuando los votos y electores del 23 de julio no le ha dado a Feijóo para ganar su investidura. Es decir, una España que contempla la realidad de un cuarenta y cinco por ciento de los suyos, en colisión con el resto de españoles. Aún no lo han entendido.
La seguridad con la que manifiestan determinados paradigmas, exclusivos en su órbita de realidad imaginaria, son peligrosas porque inducen a la perdida de complejos y a la desinhibición. Y viene la normalización de conductas psicopáticas como la del influencer que intimidó en un tren al Diputado Oscar Puentes; cuando la recomendación mínima que se debiera de haber reclamado era pedir la expulsión de este individuo del Colegio de Psicólogos. Pero no, si ha sido intimidado es porque algo habrá hecho. Patrón conductual que utiliza la derecha extrema para criminalizar a mujeres, inmigrantes o personas de izquierdas, reclamando presunción de inocencia para los corruptos de su cuerda. Infantilización en definitiva de una vida política obsesionada con culpabilizar y desvalorizar al rival, aunque no existan motivos, evidenciando su debilidad de propuestas demandadas por la ciudadanía.
La trampa en la que ha caído esta derecha incívica es que la realidad hay que construirla porque la que se me da, no me gusta y por tanto tengo que deformarla. Si ETA ha sido derrotada, es necesario convertir a aquellos que lucharon para su derrota, en cómplices perversos empeñados en romper España. Si Putin invade Ucrania, no se puede obviar la grosería de pensar que la izquierda sociocomunista es aliada del dictador de la KGB. Y cómo desperdiciar la ocasión única de confrontar con un Gobierno que manifiesta su antisemitismo con Israel, cuando todos sabemos que no es así.
La pueril estrategia de la derecha podrá darle resultados, pero no tengamos ninguna duda que el conflicto territorial y social tendría una escalada exponencial. ¿Entonces, la calle dejaría de ser suya y sería nuestra?













Inútil dialogar, discutir, alegar o proponer ideas sociales con fundamentalistas de una derecha española cutre y caciquista. Franco, Fraga, Aznar o Feijóo lideres y miembros de una casta heredera de reminicencias colonialistas y autoritarias.
Es un ADN que pasa de padres a hijos. Misión imposible.