Es la niebla, según el Diccionario de la Lengua Española, una nube muy baja, que dificulta la visión según la concentración de las gotas que la forman; meteoro que a nuestros dirigentes les nubla el entendimiento en los meses de diciembre y enero.
El término niebla se utiliza cuando unas gotitas microscópicas reducen la visibilidad horizontal en la superficie de la Tierra a menos de un kilómetro. La visión de nuestros políticos está mermada desde que Juan Carlos Rodríguez Ibarra se vio forzado a ceder el testigo de la responsabilidad y el liderazgo en nuestra Comunidad Autónoma.
Uno y otro, Guillermo y José Antonio, han desarrollado sus presidencias lo mejor que han podido y sabido pero el listón estaba a un nivel inalcanzable para ellos. A lo de “romper cristales” me refiero. Como si del velo societario se tratase, se quedaban en la antesala, en los problemas y apenas alcanzaban a imaginarse la solución a los mismos.
Es por ello que recuerdo, antes de la pandemia, cuando intenté desplazarme en avión hasta Madrid para asistir a un evento importante para mi familia. Una hora antes, desayunados y sin equipaje, a la hora del embarque y con los billetes en la mano, nos informan que no puede aterrizar el avión proveniente de Barcelona y lo han desviado a Sevilla.
El motivo argüido era la niebla y hasta aquí puedo leer… El empleado de la coqueta terminal de aterrizaje y despegue de aviones, anexa a las instalaciones militares de Talavera la Real, nos informa que día sí y día también, cuando las nieblas de la Mártir Santa Eulalia así lo deciden, los aviones comerciales ni aterrizan ni despegan.
Llamo al presidente y le informo, pues hasta el día de hoy los presidentes extremeños siempre han atendido las llamadas en primera persona y siempre que ha sido posible al instante. La conclusión era que el motivo inexorable seguía siendo la niebla y hasta aquí.
Indignado y contrariado, emprendí el trayecto en automóvil particular por la premura de tiempo y con la promesa incumplida por parte de la compañía de transportes aéreos de la devolución del importe íntegro de los inútiles billetes.

No es de recibo que, al cabo de cuatro años, la excusa para tal negligencia siga siendo la misma (ya en la Segunda Guerra Mundial, sir Winston Churchill, resolvió este contratiempo climatológico).
Bien es cierto que seguimos en el furgón de cola de España y de Europa, pero es bochornoso que haya sido el propio Ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, el beligerante Óscar Puente Santiago, quien haya padecido esta contrariedad.
Todavía peor es que lejos de aportar la fácil solución, se disculpe por su retraso de más de hora y media al llegar al nombramiento de José Luis Quintana Álvarez como nuevo Delegado del Gobierno en Extremadura.
Tan sólo deseo que en el breve aparte que hicieron la presidenta de la Junta de Extremadura y el ministro, trataran la ridícula inversión que solucione de una vez las anomalías en tan necesario medio de transporte.
De trenes y autovías, permítanme no hablar. ¿Para qué?

Fotografías de Francisco Javier González Lena.












