El interventor relataba su mala suerte al llegar una noche de noviembre a la ciudad, por culpa de un fatal desatino que, entre sorbo y sorbo de café, le condujo en el ínfimo de un instante, a la nada. Tal fue así, que más tarde cayó en la cuenta de todo lo que le estaba pasando, al ver un cartel con la leyenda: “Ojo al guarda, paso sin tren”. Tal desideratum se convirtió para el forastero en una maraña que le llevaba a enloquecer, de nuevo .-¿Pero quién pone orden en esta ciudad? ¡Ese anuncio es una invitación a que tenga que desaparecer otra vez!.
Era el cáustico anuncio kafkiano de un espacio sin salidas, ni llegadas. Un espacio laberíntico, ensimismado y cerrado mostrándose dentro de la muralla de las siete puertas; demasiadas para estar tan cerrada. Ante la posibilidad de optar al todo, la mayoría persistía por la nada. Sin querer salir, ni dejar entrar. Abducidos por una muralla que separa a los de dentro con los de fuera y todos, sin embargo, empeñados en recitar en un coro cansino sus pasadas grandezas. Los de dentro, cociéndose en una melancolía improductiva y los de fuera en una parálisis inducida por sucesivas derrotas aprendidas. Atmósfera plagada de náufragos callejeros y funambulistas en el duro ejercicio de nadar y guardar la ropa, viviendo una edad de oro en la fase álgida de su decadencia.
Era una ciudad de cartón piedra; donde una moderna cartelería soportada por tecnología te indicaba los tiempos de llegada de autobuses averiados que nunca llegaban; las plazas de aparcamientos que estaban libres, sin estarlo; las calles vigiladas por cámaras que no tenían un maldito software y rotonda con bandera. .-Eso sí, al Palacio de Congresos en el extrarradio se deberá llegar por intuición, maltratado por la ausencia de una mínima indicación.
Mientras circunvalaban, caminando la ciudad, Estherix y el Interventor intercalaban reflexiones que aumentaban en la medida que cada uno de ellos observaba un incremento paulatino en la atención del otro. Así llegaron, por un bosque junto al río, hasta las catedrales, asombrándose el interventor mientras subían unas escaleras, que en un giro obligado daban a una puerta desvencijada por el tiempo y por la desidia del equipo de gobierno de la ciudad parcheada, a un espacio que les abrió a un enlosado del medievo. La moza vetona, exclamó con una sonrisa sarcástica: .-¡Todo esto no se lo llevan. Para el secular placer de las mujeres y de los hombres! Relató que aquel lugar que pisaban, poco después de la desaparición del interventor, se había abierto al paisanaje, tras trescientos años de estar cerrado. .-Hace dos décadas que otra mujer alcaldesa abrió este reducto.
La percepción del visitante relajó su rostro, transmudando sus “ojos judiciales y entrecejo psiquiátrico”, por otros encendidos y abiertos a la claridad. Tras el caos: charcos múltiples, aceras levantadas, transporte averiado, escaleras cortadas, Estherix le condujo a la certeza milenaria de las encinas que se divisaban desde allí y a las cigüeñas batientes que se resisten a su ausencia.
La visión primaria de locales cerrados con carteles anunciando que “se venden”, servicios de segunda mano, farolas encendidas de día y apagadas en la noche, una ciudad pétrea, mimetizada por una ilusión convertida en farsa, estaba siendo rectificada por una creencia vital alejada de finales existencialistas.
El silencio de sus pobladores, que hasta entonces les volvía sordos y ciegos; las risas bobaliconas y tabernarias de charangas y perrunillas que hasta entonces eran la traza innoble de los irreductibles para suscitar, conservar, custodiar y sostener la ciudad del celofán, podían y debían ser apagados para dejar paso al futuro de los relatos compartidos.
Esta vez, con una sonrisa eufórica, el interventor con buen criterio, creyó que ese oficio postizo que le habían acoplado era un buen inicio para comenzar a intervenir: .- ¡En esta ciudad, habrá trenes con destino!













Muy bueno! muy agudo… muy real, utilizando el guiño al pasado. Buen recurso para que tomemos conciencia.
Gracias, Nieves. Salud
Aterradora descripción de la decrepitud de una hermosa ciudad cuidada por quiénes no la ven ni la aman.
Ojalá como invita Nieves tomemos conciencia.
Gracias Miguel por tus impecables sacudidas literarias.