Si no hubiera fallecido en 2016, el periodista, escritor y novelista Ignacio Carrión hace un par de días hubiera cumplido 84 años.
Por lo que leí suyo y sobre él, fue un hombre de gran coraje vital que mucho de lo que escribió lo hizo contra lo que para él le parecía injusticias.
Hace poco, un escritor comentó en Facebook que había sido lector de Diarios, pero que ya no lo era, o que solo le gustaban los de “Jules Renard”. Enseguida me dije que había otros diaristas de gran nivel: Paul Leautaud, Julio Ramón Ribeiro, John Cheever, José Luis García Martín, Andrés Trapiello o el más desconocido de ellos, Ignacio Carrión.
No solo siento entusiasmo y admiración por los Diarios de Ignacio Carrión (nacido en San Sebastián en 1938). Después de haber leído las 988 páginas de su primer tomo, las 363 del segundo y las 395 del tercero (los tres libros abarcan desde 1961 hasta 2010) me atrevería a decir, y a pesar de todo lo que cuenta, que no solo es un gran escritor y una gran persona sino sobre todo, una buena persona, que, aparte de ser la manera más inteligente de ir por la vida, es a lo que deberían de aspirar todas las lápidas del cementerio.
Mientras leí los Diarios de Ignacio Carrión (recuerdo que me hice “amigo” suyo de Facebook y de que en la fotografía de su mura aparecían dos máquinas de escribir de la marca Corona de hacía por lo menos cincuenta años.
En sus Diarios habla de escritores y libros que Ignacio Carrión va leyendo y que entonces quiero leer yo también. Muchos de esos libros son Diarios. Y escribe sobre Coetzee. Y de la mejor biografía sobre Hitler (¿Cuándo dejó de ser mediocre para convertirse en un monstruo? Se pregunta). Soseki. Jules Renard. Peter Handke. Thomas Bernhard. Kemplerer. Gao Xingjian. Alejandra Pizarnik. Julien Gracq. Simone de Beauvoir. Kafka.
Nombres y más nombres que me entusiasman porque ahondan en mi ignorancia y en mis ansias de conocer.
Una de las muchas obsesiones de Ignacio Carrión o al menos una de las conclusiones que saco después de haber leído esos Diarios era su miedo a morir. Ese miedo denotaba su intenso e inmenso amor a la vida. Pero era un miedo que no le ha paralizado, él siguió haciendo hasta el final lo que más le gustaba: escribir.
En una entrevista dijo algo que me gustó y a la vez me hizo gracia porque yo a veces digo algo parecido: “Mientras ellos ladran yo escribo”.
Esa es la idea. Mientras otros ladran, critican, “te” dicen de todo, “fiscalizan” tus actos y te dicen raro y cascarrabias, idiota y creído, changao o amargado…”ladran luego cabalgamos” que no es una frase solo de Ignacio Carrión -la dice en sus Diarios- o de Cervantes (que yo sepa, no aparece en el Quijote) sino de Goethe (1749-1832), de un poema de Goethe que dice: “Sus estridentes ladridos son señal de que cabalgamos”.
Yo, como mi admirado Ignacio Carrión, en mi afán de aprender a escribir y contra lo injusto, también escribo. Y es que “a escribir se aprende escribiendo”.
Y leyendo (por ejemplo el monumental «Diarios. La hierba crece despacio -1961-2001-» de Ignacio Carrión, en Editorial Edaf de 2007 y 988 páginas) y viviendo (en uno de sus Diarios cuenta que en África, casi lo matan-a Ignacio Carrión- cuando investigaba sobre niños esclavos en Costa de Marfil). Y poco más.
Y como decía Ignacio Carrión, que ladren, que mientras unos ladran, otros cabalgamos.












