P. era y es de Montánchez (Cáceres) un pueblo que hay que visitar sí o sí, no solo por el castillo, las vistas panorámicas, las rutas de senderismo o porque desde lo alto se ve en un día sin nubes, Cáceres, Mérida, Trujillo y Don Benito. Eso se dice.
En invierno parece un lugar fantasmal, como si no viviera nadie en el pueblo, pero algo tienen el vino de pitarra y el jamón del bueno de Montánchez de tanta fama que hasta un famoso como Miguel Bosé montó una empresa relacionada con el jamón, que quién va, repite.
Aquel año de finales de los noventa, P. nos invitó a MJ y a mí a que pasáramos las fiestas en su pueblo. La de los jurramachos que así es como se llaman los Carnavales de Montánchez. Iba a ser divertido. Sí.
Si te quieres disfrazar de jurramacho tienes que rebuscar en ese arcón o baúl que siempre existe en las casas de los pueblos y sacar cualquier ropa, la que sea y ponértela. Además, los vestidos que no tienen que pegar ni con cola. Hay que mezclar colores, faldas con pantalones, jerséis con rebecas, sombreros, pañuelos, guantes, da igual. Lo que sea. Todo junto. A todo esto hay que añadir que hay que taparse la cara con una bolsa de envolver jamones y por último, poner voz de pito.
Todo el mundo va disfrazado y nadie conoce a nadie. El marido se disfraza por un lado y la esposa por el otro. Y a saber de qué.
Montánchez en Carnavales se llena de alegría y de gente comiendo y bebiendo desde la mediodía hasta la madrugada.
Recuerdo que aquel año, nada más llegar al pueblo y alojarnos en un hotel cercano a la plaza, nos fuimos con P. a visitar el castillo y luego las tabernas.
Llegada la noche, las dos amigas-MJ y P- me “aparcaban” en la barra de la discoteca y se iban por ahí a contarse sus cosas. Digo yo. De vez en cuando pasaban por mi lado y me preguntaban qué tal. Yo bien, gracias, contestaba antes de darle un sorbo a lo que estuviera bebiendo.
Ocurrió que esa primera noche, como yo no iba disfrazado todo el que pasaba a mi lado se metía conmigo de broma. Y no insistían, excepto una persona disfrazada de mujer con el saco en la cabeza. Eso fue el viernes noche. El sábado a mediodía ya la tenía otra vez rondándome. Yo por aquellos entonces era buen mozo y aún estaba de buen ver, lo sé. O al menos eso me pareció después de tal acoso. Todo el sábado la tuve dando vueltas a mi alrededor, me tocaba la espalda, los hombros, el culo y me decía con voz de pito, irreconocible, cualquier frase difícil de reproducir. Se iba. Volvía. Y así sucesivamente.
Ya el domingo, MJ y P se partían de risa porque la jurramacha o como se diga, nada más verme -siempre la misma- merodeaba alrededor. Llegó un momento en que me creí el Cristiano Ronaldo del ligoteo. Me veía hasta guapo y todo. Yo qué sé, un animal erótico, un purulento facedor de ensueños turbios. Por fin, a mi edad, me había dado cuenta del valor de mi cuerpo y de mi belleza picassiana sin igual.
El martes por la mañana volvíamos a Mérida después de un intenso, divertido y largo fin de semana -comer, beber, ya tú sabes- rodeados de jurramachos por doquier.
Fue una experiencia inolvidable a pesar de la acechante sombra perpetua que me perseguía de bar en bar.
Cuando MJ y yo fuimos a esperar al autobús que nos llevara de vuelta, nos acompañaron para despedirnos, P, algunas amigas del pueblo y… mi acosadora todavía disfrazada con el saco de envolver jamones en la cara y con su voz de pito.
La mujer se quitó el saco de la cabeza, porque era una mujer, sí, pero de por lo menos ochenta años. No pasaba nada, solo que yo tenía treinta y algo y novia.
Fin.












