Pensando en el personaje principal de la novela “Tuareg”, de Alberto Vázquez-Figueroa, y luego en la pigmeo del cuento “La mujer más pequeña del mundo”, de Clarice Lispector, se me ocurrió que el ser humano puede ser esclavo de su lugar de nacimiento.
Para hacerme entender pongo estos dos ejemplos extremos, rematando el texto con la última frase que aparece en el cuento de Clarice Lispector, la escritora brasileña nacida en Ucrania.
Los tuaregs son nómadas. Habitan los desiertos del suroeste de África. El de la novela de Alberto Vázquez-Figueroa, el escritor canario que aparte de escribir más de cien libros “inventó” la desalinización del agua del mar, es un tuareg tradicional: jamás enseña el rostro excepto a familiares y a amigos íntimos. Para él como para cualquier tuareg, lo más importante de la vida es la hospitalidad ya que nunca se sabe cuándo alguien, él mismo, perdido entre las gigantescas dunas del desierto, necesitará ayuda. Por eso es una cuestión de honor acoger a cualquier persona que aparezca por su morada.
La hospitalidad es el hilo conductor de la novela, es la que hace que el tuareg actúe guiado por unos códigos éticos muy nobles, que no tienen mucho que ver con los de las personas nacidas en Occidente. O al menos no sobrepasando ciertos límites.
Tanto es así que en un momento dado, un occidental le dice que el comportamiento del tuareg siendo para él de gran nobleza, en Europa sería considerado como un auténtico nazi.
El otro ejemplo, el de la pigmeo del cuento, es más esclarecedor si cabe. La pigmeo mide 45 centímetros. Un explorador francés la descubre en plena selva, subida a un árbol. Al explorador la mujer le recuerda a un mono pequeño.
Lo que más le sorprende de la diminuta mujer es que sonríe. Sonríe feliz todo el tiempo. Cuando investiga el motivo de su felicidad, le dicen que está contenta porque ese día tampoco la han devorado.
Por la selva rondaba una tribu pueblo bantú dedicada a cazar pigmeos. A los varones para utilizarlos de esclavos, a las hembras, para comérselas.
Ella es feliz porque ese es un día más con vida. Además, era bueno tener un árbol para vivir, un árbol para ella sola. Y ella lo tenía.
Pensar al otro, a los otros, a la identidad diferencial, a la importancia del lugar de nacimiento, al movimiento. A ello voy cuando escucho o leo otras vidas.
Ante la variedad de seres humanos y comportamientos, Clarice Lispector que era judía, termina su cuento con una frase que dice: “Yo solo le digo una cosa: Dios sabe lo que hace”.
A saber qué opinan de todo esto los ateos. Por no hablar de los ni ateos.
Fin.












