Hace tiempo escuché una conversación entre dos macarras (y yonquis “de los de toda la vida”) de aquí del pueblo. Hablaban de concursos de acreedores y de tipos de contratos.
Qué cosas. Se ha infectado tanto la sociedad (de consumo) de tanta palabrería extraña que parece que ya cualquiera (es un decir, no es cuestión de menospreciar a nadie…, el otro día por ejemplo, un “pintas” al que te lo imaginas haciendo cualquier cosa menos leyendo, me dijo que la parte preferida de su libro de cabecera era cuando hablaba del infierno, se refería a la «Divina comedia” de Dante) entiende de todo.
Estos yonquis son drogatas pero no tontos y hablaban como si supieran (sabiendo) de qué lo hacían. Se dice que el que entra en prisión y lo necesita, enseguida aprende de leyes (y de economía).
Les escuché hablar otro rato y decían frases coherentes sobre los mercados, la bolsa, dinero, invertir y otras cuestiones relacionadas con la eterna crisis económica que nos ensombrece.
Escuchándolos me acordé de el Lute. El famoso merchero y chorizo de tres al cuarto al que hicieron un héroe en cierta época en la que escuchar su nombre era ponernos a temblar.
¿El Lute hablaría de economía con sus amigos de barrio? ¿Y el Torete o el Vaquilla, esos «perros callejeros» de la canción de «Los Chunguitos»? Esos hablarían de coches (bugas) y de caballo (heroína). De los Chichos, los Chunguitos, Los Calis, Las Grecas (que acabaron malamente como tantos y tantas…), de dar el próximo palo (robo) o de fumarse un may (porro) o una trompeta (porro grande). A saber.
Unos cuantos amigos míos de infancia y adolescencia sucumbieron a la heroína (escrito así suena más fino que decir que el «caballo» se los llevó con demencial galope) murieron jóvenes sin saber ni por qué. Algún otro acabó en el psiquiátrico, en prisión o reventado, montado en una moto rectificada y con el tubo de escape trucado para hacer ruido) y a toda velocidad estampado contra una pared.
Para ellos la vida no tenía sentido. Eran los años setenta y ochenta del siglo pasado. No supieron nunca si la desesperación tuvo sentido o no.
Los quinquis de ahora no dicen: “Ábrete tío”(vete), “Bujarrón”(homosexual), “Jaco” (heroína), “El tigre”(por el WC), la piltra (cama), sirla (navaja), panoja (dinero), trena, trullo o talego (cárcel). Ya no sé cómo hablan si es que hablan. Mejor “achanto la muí” (me callo) y los dejo hablar de economía aunque sea de la sumergida que parece que es de lo que más saben.
De esto sabe mucho más que yo Iñaki Domínguez, filósofo, sociólogo y antropólogo que ha escrito varios libros sobre el asunto. En uno de ellos, “Macarras interseculares” (dedicado a los macarras de Madrid) habla de ellos, de sus parques y tugurios, tipos rozando siempre los límites de la marginalidad, pero no de manera despectiva sino como dice en la introducción del libro “personas con calle”.
Con tanta calle que eran y son capaces de hablar de concursos de acreedores, tipos de contrato, el IVA y el mercado, la bolsa y lo que fuere menester sin despeinarse. Y, como cuenta Iñaki Domínguez en su libro, de broncas entre pandillas y de esas «motos proletarias, que eran las Derbis preparadas con manillar bajo».
Como la vida misma.
Fin.












