En marzo de 2004 uno de mis hermanos trabajaba en Madrid. En IFEMA. De vigilante. Ese jueves de hace veinte años nos levantamos en España con la noticia de un atentado terrorista.
Entre las 07:36 y las 07:40 horas, cuándo más gente viajaba, se produjeron diez explosiones casi simultáneas en cuatro trenes de Madrid.
”En las estaciones de Atocha, el Pozo del Tío Raimundo y en Santa Engracia”, anoté en mi Diario, «ocurrieron los atentados».
Fueron cuatro trenes que salieron de Alcalá de Henares los que explotaron. Más tarde, la policía detonó tres artefactos (mochilas repletas de Goma-2) más, que no habían llegado a estallar.
A lo largo de ese jueves volví a escribir que habían sido un total de 190 muertos y 1.400 heridos,
«13 artefactos con entre trece y quince kilos de titadine en mochilas, diez fueron detonados, los otros eran trampas para los equipos de rescate”, decían en la televisión.
Y que «había sido ETA», insistían. Todo esto lo escribí según iba escuchando las noticias.
El viernes 12 solo escribí que había sido “nuestro 11-S, jueves negro o como se quiera llamar”.
El sábado 13 ya no se sabía si había sido ETA o Al-Qaeda. También escribí que ese sábado tenía una despedida de soltero, la de JA y M. Y que llovió, nos llovió a los once millones de manifestantes. El día también estaba triste.
El domingo 14, los medios de comunicación aún insistían en que había sido ETA. “Continuamos con las dudas, a pesar de que Al-Qaeda a las 06:26, hora española, acababa de reivindicar la autoría de la masacre.», escribí.
Había elecciones en España. Yo me había levantado temprano. Después de ducharme, vestirme y desayunar marché al Ayuntamiento y luego al Colegio Suárez Somonte que era el “que me tocaba” como representante de la Administración en las elecciones nacionales, que es de lo trabajé ese domingo. A las 08:20 horas ya estaba constituida la mesa electoral que me “tocaba controlar”.
Al final fueron en total 193 muertos y 2.057 heridos. Pero también hubo otros daños colaterales que no se cuentan.
Cuento un ejemplo, mi ejemplo. O el de mi familiar.
No sabíamos si a mi hermano -que hacía no mucho se había separado y dejado todo, hasta su trabajo de administrativo para irse a trabajar a Madrid, de vigilante jurado- ese día le tocaba descansar y por tanto volver a Mérida en tren, como siempre o no.
En el caos de noticias que llegaban con cuentagotas, lo llamamos al móvil imnumerables veces. Las líneas estaban colapsadass. No cogía el teléfono. Fue una mañana bastante angustiosa. Más que las cifras de muertos o heridos, o quienes eran los autores del atentado, nos interesaban nuestros posibles damnificados. La incertidumbre convierte todo en sospechas, en miedo.
En los medios de comunicación continuaban aumentando las cifras de fallecidos y heridos. Y machacándonos con que fue ETA, algo que quienes lo decían sabían de primera mano que era imposible, que ya estaban avisados desde hacía un par de años atrás por el Centro de Inteligencia de EEUU de un posible atentado yijadista.
A saber quién fue el asesor al que se le ocurrió la luminosa idea de decir a todos los medios de comunicación que soltaran que fue ETA.
A lo largo de la mañana, al final, pudimos ponernos en contacto con nuestro hermano. Aunque ese jueves había tenido turno de noche, se había quedado a trabajar toda la mañana en IFEMA.
Con el paso del tiempo nos lo contó., cuando ya había dejado su trabajo de vigilante jurado, poco después del 11-M de 2004. Algo pudo influir en él aquel jueves nefasto.
El inmenso salón que es el palacio de Congresos y Ferias de IFEMA se convirtió ese día en una inmensa morgue. Esto es duro, pero lo cuento, también forma parte de la realidad del once de marzo de hace veinte años.
En algunos de los pabellones abiertos de IFEMA amontonaron -en bolsas de basura, bajo mantas- los cadáveres que iban llevando en ambulancias o en taxis o coches improvisaddos desde los trenes destrozados. Los familiares de las víctimas -sollozos, llantos, gritos, lágrimas- deambulaban por IFEMA buscando a sus muertos.
Uno de los vigilantes que controlaba el caos y que intentaba consolar y ayudar a la gente ante tanto sin sentido, era mi hermano.
Él y muchos como él -personal médico, voluntariado de la Cruz Roja, heridos, familiares de los fallecidos-, también formaron parte de la absurda masacre. Y de la Historia.
Fin.












