“Mis ojos. Mis ojos eran ranuras. Mi madre llevaba tres sillas de anea en una mano, las llaves de casa en la otra. Cerró la puerta de la cocina con la cadera. Sin soltar las sillitas vino a por nosotros al salón. Nos dábamos golpes en la cabeza con trozos de cartón. Nadie hablaba, esperábamos. Agarró nuestras manos derechas -tres una de cada hermano- con su mano libre y nos dijo que esperáramos mientras miraba atrás, a los fogones, por si olía a butano. Mi madre era un gigante. Con los años supe que nunca llegó a medir más de un metro cincuenta. Yo lo sabía. La miraba. Mis ojos eran ranuras.”
El oficio de escribir es de los que menos herramientas necesita: con lápiz y papel es suficiente para empezar.
Mi hija me ha pedido trucos para escribir. A ella le gusta ilustrar; dice que tiene una historia dibujada, pero que la quiere escribir.
La primera consigna de cualquier taller de escritura que se precie dice que tienes que buscar un sitio donde te encuentres cómodo y que te retrepes en él con el material mínimo exigible: lápiz, papel, un ordenador con internet y diccionarios.
A mi hija se le da muy bien escribir diálogos. Eso está muy bien para empezar.
Le he dicho que es bueno saber si su historia va a ir en primera o en tercera persona, que pruebe las dos opciones y que mezcle y que haga monólogos interiores si quiere. Que maneje mucho y bien los verbos, que los personajes se muevan y viajen, que cada personaje se recuerde a lo largo de toda la historia poniéndoles un tic.
Por ejemplo, uno cada vez que hable puede decir: “es bueno no, lo siguiente”. Otro se puede tocar la yugular que la tenía de color azul, cada vez que se ponga nervioso. Uno puede escribir en el lóbulo de la oreja el inicio de «El miajón de los castúos». Lo que sea.
Me ha dicho que tiene estructurada la historia, con fichas de cada personaje (escritas, dibujadas y perfiladas) y que sabe que -eso se lo dije cuando era pequeña, ahora a sus 17 años ya no lo es tanto- en una novela los personajes al principio son de una forma de ser, luego ocurren cosas (conflictos dijo ella) y al final cambian o algo ha cambiado a mejor o a peor.
También le comenté que hay que mostrar y no decir. Y que si puede no escriba sueños que suelen sacar al lector del texto.
Con respecto a la constancia no hay problemas, ella lo es mucho más que yo. Y lo de la dispersión también lo tiene controlado, sabe que no tiene que hacer lo que hago yo.
Y tiene interiorizado que a escribir se aprende escribiendo y leyendo, me lo ha escuchado mucho.
Le dije que escribiera todo lo que pudiera y que escribir más que escribir consiste en corregir, en reescribir. “Cuando escribas, le dije, ponte a corregir imaginando que lo que lees no lo has escrito tú».
Me dijo que una vez le conté que no es lo mismo escribir que “uno entró en una habitación” que “Al abrir la puerta de doble hoja de la habitación del hostal, el tigre que había en la cama gimió como un ñu en una berrrea”. Cosas así.
Yo tengo escritas mis memorias, pero no son literatura, no muestro, solo cuento. Lo que he puesto al principio, después de corregir más, es lo que quiero que sean mis memorias.
En lo que escribí antes de corregir ponía que mi madre nos llevó de la mano a la escuela “de cagones” a mis dos hermanos y a mí. Yo tenía tres años cuando ocurrió eso. Es decir, la historia está basada en hechos reales. Es bueno tirar de memoria.
Otro truco que se me ocurre -ya se lo contaré a mi hija- es lo que Gianni Rodari (sus cuentos infantiles son geniales) llamó el binomio fantástico que consiste en poner dos palabras o frases que no tienen nada que ver una con otra y escribir mezclándolas. Es divertidísimo. Por ejemplo kamikaze y palacagüina. A partir de aquí se pueden apuntar a la fiesta (ahora que caigo, también le dije a la futura escritora que no utilice muchas palabras esdrújulas o terminadas en mente o que haga círculos en las palabras que le llamen la atención y luego escribir lo que le salga…).
Cuando mostramos algo involucramos al lector dentro de la historia, para ello hemos de utilizar los cinco sentidos buscando todo tipo de detalles.
Eso es escribir: mostrar, que el lector crea que es verosímil lo que lee aunque sea una historia que transcurra en el año 3000, en el neolítico o dentro de una neurona (como hizo Asimov en una novela), que se involucre, que lo viva.












