“Necesito saber hoy de tu vida” es una estrofa de una canción de Roberto Carlos, el de “Leidi Laura” -dedicada a su madre-, “Quiero tener un millón de amigos” y otras muchas baladas y también el título del libro de Sabrina Duque (Guayaquil, Ecuador, 1979) que acabo de leer. Es de los de Anagrama Crónicas que tanto me gustan.
De Roberto Carlos es el segundo de los reportajes de los nueve sobre personajes de habla portuguesa a los que exprime la autora.
Gracias al libro me enteré de la importancia de la voz en las canciones de este cantautor que ya mismo cumple ochenta y tres años y que con seis años fue atropellado por una locomotora de vapor y le amputaron la pierna derecha un poco debajo de la rodilla.
Pero no solo de anécdotas se nutre el libro -Roberto Carlos uno de los hombres más ricos de Brasil, en Latinoamérica vendió más discos que The Beatles y era tan supersticioso que por ejemplo, no firma documentos cuando la luna está menguante- sino que cuenta que lo importante de las canciones de Roberto Carlos más que las “lacrimógenas” letras es la voz, la voz de Roberto Carlos.
Chico Buarque o Caetano Veloso, más importantes y necesarios que él, también le han cantado al amor, pero nada que ver con el hombre de la voz suave, melosa y nasal de Roberto Carlos que encandila, todavía, a medio mundo con canciones que parecen hacernos “recordar cómo nos sentíamos y quiénes éramos la primera vez que nos estalló el alma…”
Todos los personajes que aparecen en el libro me parecen apasionantes. El sonorista Vasco Pimentel, una persona que necesita que recién levantado nadie le hable durante por lo menos una hora y media, ya no ve a amigos porque hablan casi a gritos. Utiliza la marca alemana de tapones Ohropas, la misma que Kafka cuando se subía en el ascensor (en el libro pone “elevador”) de su casa porque le irritaba.
Desde que leí en ese reportaje que “nuestro cerebro tiene la habilidad evolutiva de suprimir los ruidos de fondo que no nos interesan”, me fijo más en los ruidos que nos envuelven.
Vasco Pimentel es obsesivo, puntilloso y anónimo, sobre todo anónimo.
Por Sabrina Duque y Vasco Pimentel sé de la importancia de las voces, de la música de fondo, los efectos de sonido, las interacciones sonoras y el silencio -“Psicosis” sin el chillido histérico de un violín mientras la mujer se ducha, no sería nada- en las películas.
¿Alguien conoce quiénes son los directores de sonido y cuántos Óscar ganan? Pues eso.
En el libro, la autora también habla de muchas escritoras periodistas, de que en Portugal tienen en más alta estima a Eusebio –es considerado patrimonio del Estado portugués- que a Cristiano Ronaldo -en el libro aparece un reportaje de cada uno de ellos-, de la antipatía genial de los camareros lisboetas, de mujeres periodistas grandes escritoras (Oriana Fallaci, Alma Guillermoprieto, Joan Didion, Gloria Steinem, Susan Orlean, Jill Lepore y más, nombres sacados en un artículo sobre Celia Catunda directora de dibujos animados genial y también anónima, en un reportaje reivindicativo feminista esclarecedor altamente recomendable).
Y de Antonio Egaz Moniz, que inventó en 1935 la leucotomía, luego llamada lobotomía, Eike Batista, un empresario brasileño de las personas más ricas del planeta en 2015 y por último Fernando Pessoa.
El libro de Sabrina Duque acrecienta mi pasión por los libros (y a cualquiera que lo lea, lo sé) y me hace preguntar a los libros que no conozco aquello que cantaba Roberto Carlos con voz melosa en “Necesito saber de ti”:
”Qué será de ti, necesito saberlo, qué es de tu vida, alguien que me cuente qué es de tu vida” porque insiste, como el título del libro nombrado, “Necesito saber hoy de tu vida”.
Fin.












