“Resulta que la representación del país está, con unos y con otros partidos, en manos de un grupo de profesionales políticos, que ejercen alternadamente una solapada tiranía sobre las provincias y regiones”.
(Benito Pérez Galdós “La España de hoy” El Heraldo de Madrid 9 de abril de 1901).
Con esta frase Benito Pérez Galdós quiso explicar el desastre del 98 que derivó en la eclosión del pensamiento regeneracionista en España, un ensayo frustrado de reformar las corruptas instituciones del país y esa forma caciquil tan patológica de hacer política. Su empuje vino, entre otros, de la mano de la memoria mantenida sobre Oligarquía y Caciquismo. Con esta obra Pérez Galdós abrió una ventana a la esperanza de regeneración política de España. Lo cierto es que, al margen de cual fuera la intención del autor al escribirla, la sociedad actual sigue esperando en el mismo sitio donde estábamos en 1901., pero quizás con la sabiduría ganada, sabiduría que carece de esperanza tras conocer al dedillo a nuestros políticos, lo cuales nos hacen sabios, pero poco reaccionarios.
Mientras tanto y llegado a hoy sigue siendo cada vez más acuciante la necesidad de una regeneración social en nuestro país, principalmente de la clase política, pero también de los propios ciudadanos, siendo esta última opción el único medio para salir de la profunda crisis que atraviesa nuestra sociedad, siempre sumida en graves escándalos de corrupción que siempre son originados por los abusos de los poderes político y económico.
La historia humana se caracteriza, desde tiempos inmemoriales, por una lucha para conseguir el poder, el control y el dominio de unos seres humanos sobre otros, utilizando sin escrúpulo, si es necesario, los medios más crueles, ruines e inhumanos, disfrazados siempre, de una u otra forma, como medios necesarios para mantener el orden y la paz social. Acompañan siempre, a todos los corruptos, el cinismo, la impostura y la hipocresía, no fáciles de descubrir por los ciudadanos, en un principio, tanto debido a la astucia y la habilidad de aquellos, como a la ingenuidad y falta de compromiso social de éstos. Por eso, estos hechos, en el mundo occidental, son más frecuentes en aquellas democracias incipientes, como la española, sin un conocimiento y una experiencia de las responsabilidades sociales de todos.
Toda persona honesta debe desear para nuestro país, que salgan a la luz todos los casos de abusos de poder y de corrupción, para poder llevar a cabo esa necesaria regeneración social. Ello exige, de la dignidad humana y política, que los gobernantes implicados asuman, en primer lugar, e inmediatamente, sus responsabilidades políticas, dimitiendo de sus cargos. ¿Qué ocurre en nuestro país? ¿Por qué todo político corrupto se agarra al poder y es protegido por éste? ¿El no dimitir, en estos casos, de los puestos de alta responsabilidad, no indica, acaso, alguna implicación en esa corrupción? ¿No son claramente incompatibles la corrupción y la dignidad y la decencia política? Todas estas preguntas son oportunas, en este momento preciso, y muestran el nivel de degradación política al que se ha llegado. ¿Puede haber mayor mal para una sociedad que la falta de dignidad de sus gobernantes? Es una penosa y deplorable realidad, en nuestro país, que avergüenza a toda persona honesta, la falta de decencia política a la hora de presentar la dimisión por graves escándalos. Esto contrasta con lo que suele ocurrir en los países de nuestro entorno, donde los gobernantes dimiten de sus cargos a veces por los más pequeños errores cometidos.
Pero, ¿qué ha supuesto, para nuestro país la acumulación de todos estos abusos de poder y de confianza, es decir, toda esta corrupción, así como las políticas antisociales? Pues bien, esta situación ha tenido un doble efecto, consecuencia uno del otro: un gran enriquecimiento de ciertas élites dominantes y el consecuente empobrecimiento de millones de ciudadanos. Pero hay un hecho relevante, que es preciso abordar en toda su amplitud, es éste el grado de responsabilidad que los ciudadanos pudieran tener en los hechos que tratamos, debido a que, en las democracias, aunque sean incipientes, aquellos que nos gobiernan han sido elegidos por unos u otros ciudadanos. Y en nuestro país ha ocurrido un hecho singular (poco frecuente, por suerte): en dos de las comunidades autónomas, hoy más apremiadas por la corrupción, los ciudadanos eligieron, en el pasado, una y otra vez, a los políticos corruptos hoy encausados. ¿A qué se debe esto? Todas estas inquietudes sin duda, merecen un intento de explicación.
Aun así, ¿a qué nos lleva todo esto? Siempre al mismo lugar: a la necesidad de una verdadera educación, en especial, en la niñez y la adolescencia, el momento idóneo para adquirir ese conocimiento y esa independencia y libertad individuales, así como los hábitos personales y sociales que lleven a una convivencia respetuosa, pacífica y justa entre todos los ciudadanos. Bastaría analizar la vida pasada de cada uno de los implicados en graves casos de corrupción, para poder confirmar que su codicia y su ambición, así como su falta de honestidad y sus hábitos insolidarios y desleales, vienen de lejos.
Para que una sociedad se regenere y se rehabilite, es necesario que ello ocurra tanto de arriba abajo como de abajo arriba, y quizás sea cierto que los verdaderos cambios sociales de regeneración han de surgir, antes, de abajo arriba, pues, desde arriba, solo lo harían si los gobernantes fueran filósofos (recordando a Platón), es decir, si fueran verdaderos hombres de estado, y no de partido. Y no olvidemos, también es cierto que una sociedad de ciudadanos honestos y responsables nunca podrá generar unos políticos incompetentes y corruptos. A este respecto se plantean dos alternativas. Una, la reforma del sistema político que incorpore más elementos participativos y otra, que incluya una mayor presencia de «expertos” que no es más que mi querida tecnocracia.
Es mi opinión personal que el reto a corto plazo de nuestra sociedad, debe ser al menos la propia necesidad de desarrollo humano del individuo, la capacidad de discernimiento y discriminación, es decir, aprender a vivir y actuar con la mayor independencia y libertad personales, con el suficiente criterio para no dejarse engañar por los falsos e hipócritas salvadores mesiánicos. Ello exige un mayor grado de conocimiento, pero también de honestidad, solidaridad y un verdadero compromiso social, porque la razón principal es superar ese miedo a los cambios sociales, característica inequívoca del ser humano, por otra parte, cambios casi siempre necesarios por la propia evolución de la vida.













Bien argumentado, la necesidad de la sociedad y sus valores actuales y pasados, nos llevarán al futuro. Esperemos que cambie y el futuro sea sin guerras, hambre y sangre. Saludos camarada.
Muchas gracias por su comentaio
Totalmente de acuerdo con su argumento. Nuestra sociedad actual adolece a la hora de depositar el voto de un tiempo previo para reflexionar. Ser reflexivo aunque se vote para castigar a Teo que o ha hecho lo prometido o te engañó.
Muchas gracias por su comentario.