Para no caer en el ridículo, el orgullo debiera ser algo íntimo y privado.
Es sanísimo estar orgulloso de lo que uno consigue, eso sí. Es bueno hasta para sentirnos seguros de que el esfuerzo realizado mereció la pena.
Y me refiero a correr cinco kilómetros, quedar el primero en una media maratón, el último en el Tour de Francia aunque nadie hable de ti, escribir un poema aunque sea de desamor, subir una cuesta con muletas, vivir en silla de ruedas, hacer limpieza general, cocinar un plato con todo el amor del mundo, superar mes a mes cuando todos y cada uno de los meses son cuestas de enero o cualquier hecho que nos llene de vida interior por muy duro que sea y nos ayude a mantener el equilibrio íntimo, emocional y mental tan necesario.
Hasta uno puede estar orgulloso de un país, de una bandera, de tu equipo de fútbol, de como baila alguien de la tele o de lo que le de la gana, pero ya digo, siempre que uno no haga mucho el ridículo, sobre todo, para uno mismo.
Esto ocurre -el ridículo, lo bufonesco, lo grotesco, lo patético- cuando el orgullo mal entendido se convierte en soberbia, en vanidad, en engreimiento y no te das cuenta.
Aparte de poner límites, este orgullo negativo tiene relación con la impaciencia, la hostilidad, la competitividad que, una vez leí, tenían relación con cómo sentimos nuestra existencia y, añado con la ignorancia y, no exagero, con las enfermedades coronarias (parece ser).
En relación al orgullo y a la sensación (o no) de ridículo, no sé cómo andará de equilibrio físico y mental Yola Polastri.
Esto que cuento ocurrió hace muchos años. Lo leí en el entusiasta libro titulado “Los Rolling Stones en Perú” de Sergio Galarza y Cucho Peñaloza en la editorial Impedimenta.
Yola Polastri, de un currículum impresionante y como para sentirse orgullosa, era o fue (ahora tiene 72 años) según Wikipedia, una animadora infantil peruana, presentadora, cantante, actriz, compositora, coreógrafa, libretista, directora, productora de televisión y autora de por lo menos veinte discos de música infantil.
Yo no tenía ni idea de quien era hasta que leí el libro de cuando los Rolling estuvieron por Perú y me llamó la atención lo que ocurrió cuando Yola Polastri que a principios de los años noventa era una “mítica conductora de programas infantiles en la televisión peruana”, algo así como en España fueron Xuxa, Lucrecia, Leticia Sabater (en sus inicios), los payasos de la tele, Teresa Rabal, Torrebruno o María Luisa Seco (más de mi época).
Yola Polastri estaba en Iquitos (ciudad peruana muy alejada -más de mil kilómetros- de Lima, la capital) de vacaciones.
Como era famosa, estaba en un restaurante firmando autógrafos a diestro y siniestro. De pronto se le acercó el mítico Mick Jagger que ya era el líder indiscutible de los Rolling Stones y que andaba por Iquitos, creo que trabajando con Herzog en la selva grabando la película “Fitzcarraldo”. Al cantante le llamó la atención esa chica que gozaba de tanta popularidad que todo el mundo se acercaba para saludarla y hacerse fotos con ella.
A los dos días Yola Polastri y Mike Jagger (parece ser que Jagger se fijó más en una amiga de gran belleza que acompañaba a Yola) y haber coincidido otra vez en Iquitos donde él se comportó “educado y coqueto”, regresaron a Lima en el mismo vuelo. Durante todo el trayecto Jagger durmió como un tronco.
En Lima se separaron educadamente y ahí acabó la historia. Cuando le preguntaron a Yola Polastri si había estado de fiesta con el líder de los Rolling, dijo que no y que hasta había olvidado si le pidió un autógrafo a Jagger, de todas maneras, remató Yola Polastri: “Él tampoco me pidió uno a mí”.
Claro ejemplo el de Yola Polastri como orgullo mal entendido (¿Quién era o es Yola Polastri en relación a Mick Jagger?) y de que es difícil saber cual es nuestro lugar en la vida (social) y hasta donde podemos llegar o hemos llegado.
Fin.












