Apenas ha terminado la feria taurina de Mérida, noches de toros que bien han merecido la espera. Todavía resuena el éxito del jinete maestro del rejoneo, Diego Ventura, y en los mentideros de Mérida no se habla de otra cuestión.
El día ocho, día de Extremadura, se celebran los últimos festejos en forma de clases prácticas de la Escuela Taurina de Badajoz. La escuela de los maestros Luises, Reina Valle y Reinoso Vaqueriza, “El Cartujano”, por orden de toma de alternativa. Poniendo su broche de oro de este modo, con los tres festejos triunfales del festivo “Día de Extremadura”. Quince orejas y un rabo que saben a gloria, en Mérida, Arroyo de la Luz y en Hornachos.
Y yo, de natural curioso, me quedo escuchando una conversación, taurina en su inicio, o al menos así me lo parece. Es el ambigú de esta plaza del cerro de San Albín, el lugar más adecuado para los prólogos y los epílogos de este nuestro “Cossío”, oral y efímero.
Que, de bravo a manso, que si se ha rajado apenas había embestido y así hasta que me llama la atención la siguiente frase de uno de los enfrascados en la discusión, cada vez más subida de tono: “Al de “Valdeborrachos”, lo han devuelto a los corrales”.
Y uno que lleva más kilómetros que, las maletas del fugitivo y de doña Concha Piquer López, juntos y además goza de buena salud auditiva; bien que le pese al zaragozano propietario de la unipersonal “Amplifon Ibérica, S. A.”, quien se anuncia como líder en el cuidado de la salud auditiva. Atiende sin intervenir.
En el fragor de la batalla el mayor y en apariencia más taurino que corrige al primero, barbilampiño y menos vehemente en su exposición: “¡que sí, que se ha rajado!”. Que el de Alburquerque se ha desdicho, que empezó bravo, pero apenas piso el albero se descubrió abanto, aturdido y espantadizo.

Ahora sí, ya sé de qué va la cuita. No se refieren a la actuación de hoy en cualquiera de los ruedos anteriormente mencionados. Hablan de lo acontecido la noche anterior, en ese otro ruedo que es el Teatro Romano de Mérida que, volviendo a los albores del siglo XX, cuando con carros de madera y otros enseres se unían y tapaban los espacios entre las siete sillas, albergaba los festejos taurinos de la época.
Que apenas había soltado la gracieta del infierno, según corrige ahora, llamando canallas a los que se dieran por aludidos, ¡se desdecía!
Lo dicho, aplíquese el Real Decreto 145/1996, de dos de febrero, por el que se modifica y da nueva redacción al Reglamento de Espectáculos Taurinos. Y sáquese por la autoridad competente en la plaza decimonónica de las “Siete Sillas”, previa a 1914 y el debut de Francisco García Márquez, “Mazantini”, el pañuelo verde y vuelta a chiqueros. Antes, tal vez las banderillas negras… y hasta ahí pude escuchar.












