Plasencia marcó mi niñez y primera adolescencia, tanto como Granadilla, mi pueblo natal. Nada sería sin uno y otra. Mi pueblo, mi primera ciudad. Del silencio de aquel, con calles empedradas y sonidos tan solo de caballerías, a la ciudad abierta en canal por la N-630, las calles encementadas, ruidosas, por el paso de los vehículos, ahora peatonales.
En la calle del Sol vivía mi tía Isidra, que descansa en el cementerio de Santa Teresa. Allí me llevaba mi padre algunos días de vacaciones con ella. Tía carnal de mi madre, pero de todos los sobrinos protectora y madre. Tenía una hija, Ascensión Sánchez Carrero, que matrimonió con un capitán del Regimiento Órdenes Militares número 37, Julio Jiménez, y tuvieron dos hijos que le sobreviven: Julio y Ana. Pasare allí largos años hasta su ascenso a comandante. Después se marcharon a Valencia. Seguíamos viéndonos en verano. La tía no podía pasar ningún verano sin vernos.
En la calle del Sol, sin acerado, me aturdía el ruido de los coches que no existían en mi pueblo. Caminaba separado de la pared y mi padre me atraía de la mano para evitar que me atropellaren. Además del comercio, en la calle del Sol estaba “Arenas”, una pastelería propiedad de una familia cuyo hijo compartiere conmigo, años después, tareas profesionales. Mis hermanos mayores estudiaron allí. Mi padre compraba unos bollos suizos y me mandaba al convento de santo Domingo (hoy parador, uno de los mejores de España) para que se los llevara al mayor que allí residiere. El hermano portero me daba siempre unos caramelos. El convento se cerró, pero se hizo el parador, que estrené en la Semana Santa de aquel año.
En Plasencia descubrí las catedrales, el río Jerte, afluente del Alagón, el de mi pueblo, sobre el que se hizo el embalse por el que fuimos expropiados y desterrados, como antes lo fueren sus fundadores (los árabes, por la Reconquista) y los judíos por su fe (Edicto de Granada de 1492). Granada siguió llamándose como tal tras la toma de la Granada andaluza, hasta 1834 cuando el ministro Javier de Burgos crea las Diputaciones Provinciales y partidos judiciales. Solo entonces, la capital del señorío pasó a denominarse Granadilla. También descubrí El Regional, donde llevaba a su imprenta noticias y artículos.
Las puertas del Sol y de Talavera, la iglesia de san Esteban, la plaza mayor, las calles del Rey, del Sol y Talavera, eran mi reducto más conocido y visitable, como el del pueblo. Poco a poco fui ampliando mi campo de acción para conocer la ciudad de Alfonso VIII, que siempre me agradó tanto que la tengo como mi primer referente de ciudad. Plasencia nos prohijó en 2005 como al pueblo sin pueblo que fuéremos. ¡Tanto que recordar a Plasencia, tanto que agradecerle…!, que ya mozo iba los sábados con un compañero a pasar la tarde-noche, el único día que hubiéremos libres…
Ya entonces, trabajaba en El Periódico Extremadura y traté con todos los alcaldes que hubiere: Juan Antonio Serrano Pino, con quien hubiere una leal amistad; Antonio Martín Majadas, el alcalde de la transición e hijo adoptivo, a quien publicare numerosos artículos y quien me visitare en el periódico, entonces en Camino Llano; José Luis Mariño Roco, a quien entrevisté en su casa y a cuyo entierro asistí; José Luis Díaz, a quien también entrevisté en su despacho; Cándido Cabrera, de quien escribí su obituario, le despedí en la catedral y le visité en el salón de plenos cuando estaba de cuerpo presente; Elia María Blanco, a quien conocí en 1988, cuando era nuestra fotógrafa en Plasencia; y al actual, Fernando Pizarro, el alcalde de los records, a quien conociere como concejal y director del Coro “Ars Nova” en la inauguración del Centro de Interpretación del poblado de Gabriel y Galán, compañero de una paisana cuando ejerció de maestro en Carcaboso, Julia de la Flor (dos años ya sin ella).
Plasencia me conquistó desde pequeño: fue mi primera ciudad, me adoptó junto a más de 140 hijos de Granadilla y soy académico correspondiente de Extremadura por ella. Escribí sobre la ciudad desde bien joven. Lo continúo haciéndolo y seguiré durante mucho tiempo. Da mucho Plasencia y tengo que darle más de lo que me ha dado a mí. Han pasado por mi vida personas muy queridas, a quienes llevo siempre en el corazón.
Ahora, un compañero que brilló en Plasencia como corresponsal de El Periódico Extremadura, Juan Manuel Cañamero, quiere hacer un periódico digital como el que ha creado para Mérida: Diario de Plasencia, y me llama. Ni a Plasencia ni a él puedo decirles nunca que no. La ciudad fue mía antes que suya y ahora nos vuelve a unir a los dos. A todos los placentinos que nos place, como quiso su fundador, Alfonso VIII, y a Dios Nuestro Señor.












