La Madelón como en su pueblo, Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) no podía realizarse en nada, cuando terminó la mili y le dieron la verde (luego, a la cartilla militar la llamaron “la blanca”) se fue a Madrid a vivir en una fonda por Argüelles.
Sus amigas eran como ella y se llamaban La Begum, La Plumona, La Peritonitis, La Repudiá, La Pizqui y La Mediopolvo (por culpa de ella se hizo artista de cabaret). Si no estaba trabajando en el Marabú, paseaba por Vallecas, la calle Carretas, por Espoz y Mina, la plaza de Santa Ana o por la estación de Atocha (“a la verita de los meaderos”) de pendoneo.
Cuando hablaba con sus amigas decía Jagüai, aló, fulár, Raian Oníl, Omar Charíf, los yips de la policía. Y también, mala pécora, escoñado, la bofia, picú, desaborío, mollera, gachí, muchilingüe, zurribarri, lagarta, gachí, farruca, soñera, por lo bajini, malage, catre, más se perdió en Cuba, me dejó más cortada que el pie de Kunta Kinte. Y así.
Todo esto lo cuenta La Madelón la noche del veinte tres de febrero de 1981, el día del intento de golpe de Estado de Tejero.
En “Una mala noche la tiene cualquiera” Eduardo Mendicutti cuenta lo mal que lo pasó La Madelón, artista, travesti y mujer, aquella noche.
Fue tan duro y difícil que hasta estuvo a punto de recuperar su ropa de hombre que la tenía arrumbada para siempre en un arcón junto a la de su amiga de trabajo y piso, La Begum.
La Begum es otro personaje. Se enamoraba de todos los moros (así lo dice el libro) que veía, daba igual que fueran de Tetuán, de Tánger, de Casablanca o de Larache. Y si podía, se los apropiaba. Una vez se fue a vivir con uno que era un poco raro. Lo encontró en la Puerta del Sol sin camisa y hablando solo. El moro ese ni bebía ni fumaba y casi ni hablaba. Un día que La Begum consiguió sacarle que de dónde era, este le dijo que de Rangún.
Cuando se enteró de que Rangún estaba en Birmania (lo buscó en un mapamundi), lo echó de casa porque no era moro sino chino. Un chino pajolero. Y ella tenía grima a los chinos. Estuvo un mes con décimas y luego compró un bote de litro de Cruz Verde y desinfectó toda loa casa. Así de drástica era La Begum.
En la historia de esa angustiosa noche del 23-F, contada desde la óptica de un travesti que no es que se considere mujer sino que es mujer mujer, aparte de Aramburu Topete, Tejero, Milán del Bosch, Armada, el rey Juan Carlos I o los periodistas José María García, Miguel Vila, también te encuentras con Bernardete Devlín, don Rafael de León, la Jacinta Benavente, Mina, La Jurado, Vikki Carr, Pemán, la Rivelles en “La leona de Castilla”, Lola Flores en ”La Marquesa de Benamejí”, María Montes, Conchita Bautista Carlos Cano, un chaveíta granaíno la mar de mono, o el Chúster o el Solsona el del Español y el Valencia.
Cuando La Madelón cuenta que estando en su piso, en sus “cincuenta metros de libertad” y se enteró de lo de Tejero “dándose el pisto de machirulo”, le entró un coraje consigo misma porque “allí estaba yo, rancia como una cotufa, desangelada como un inglés vestido de faralaes, lacia como el buche de un fraile en Cuaresma, desaboría como un chino en remojo, cobarde, babieca, ruin, babosa.”
¿Por qué leer?
Creo que la historia de La Madelón (el nombre le viene de una canción de la Primera Guerra Mundial) es suficiente justificante.
El libro de Eduardo Mendicutti me ha trasladado desde el primer sábado de octubre de 2022 -mientras esto escribo- hasta la noche de hace cuarenta y un años años (yo tenía dieciséis), explicada con mucho salero y desparpajo -quien me lo iba a decir- por una travesti.
Parece magia. Es magia. Fin.












