La luz del sol rebotaba en la pantalla verde mejunje de la Philips que parecía pesar doscientos kilos. Los dedos y el flequillo del hombre que cargaba con el peso llegaron antes que la televisión a la habitación del fondo, la de la cama de matrimonio y el crucifijo de dos por dos metros en cruz.
Un crujido tapó el ruido de una de las dos puertas del balcón que, como era sábado, estaba abierta antes incluso de que la brisa fresca hubiera aparecido. El hombre volvió a salir de la habitación y al rato regresó cargado con un puñado de periódicos -diarios Hoy, Hojas del Lunes, As y Marca atrasados- y con la hamaca de playa que llevaba los domingos de verano en el maletero del coche.
Se sentó en la hamaca, abrió un Marca por las páginas centrales y le dio con la punta de un palo de madera al botón encendedor de la tele. En la UHF alguien gritaba.
El hombre se rebulló en la hamaca, suspiró, estiró una pierna, luego la otra, se levantó y torció hacia la izquierda la rueda del volumen de la tele. En el Marca decían en mayúsculas que Perico estaba hecho un campeón desde que un derechazo en el doceavo asalto acabó con Tony Ortiz.
Mi hermano mayor, que tendría cinco o seis años y yo, de un par de años menos, correteábamos de una punta a otra de la casa: desde la pequeña terraza del fondo hasta el balcón, pasando por la cocina, el salón y el pasillo que dejaba a un lado las otras dos habitaciones que completaban el domicilio.
Cuando escuchábamos en la calle el sonido de la flauta del “afilaó”, nos colábamos entre las piernas de mi padre y asomábamos la cabeza por entre las rejas del balcón. Otras veces, quien captaba nuestra atención era el lechero que hacía sonar sus cántaras de aluminio, el piconero que pregonaba su mercancía o el ruido de una reata de burros con las alforjas cargadas de arena o de cántaras de agua sacada del río Guadiana que iban destinadas a cualquier obra cercana.
Mi madre mientras, estaría dando de mamar a mi hermano pequeño -el tercero de los cinco hijos que tuvieron mis padres y que tendría poco más de un año-, tendiendo la ropa, planchando o poniendo a remojo los garbanzos.
Como la televisión ocupaba casi toda la puerta del balcón, en una de mis carreras me fijé en las imágenes que salían por la tele. Era una señora. No entendí bien lo que decía. Iba con un vestido o un traje que parecía blanco y tenía el pelo claro y como cardado y levantado. Sostenía en el regazo una perrita muy flaca, que también tenía que ser de color blanco. O eso me pareció. La perrita hablaba, pero a mis tres años no me llamaba la atención que una perrita en vez de ladrar, hablara, lo que me sorprendió fue la mujer de la tele. Hablaba raro. Me la quedé mirando. Y seguía sin entender nada de lo que decía.
Husmeando en internet, encontré hace poco un vídeo de Youtube. Es de 1968. En blanco y negro. En él aparece la reluciente dama del perrito.
Es la imagen que recuerdo de la señora que vi en la tele cuando correteaba con mi hermano por la casa de Duque de Salas. La mujer era austriaca y, según leí y vi en el vídeo, salía en varios programas de televisión de la época, uno de ellos los sábados por la mañana, ese que tenía mi padre puesto en la tele.
Se llamaba Herta Frankel -ya falleció- y su perrita, Marilin. Herta Frankel era pelirroja y ventrílocua. Su perrita Marilin era de trapo y su dueña la tenía sentada en su regazo. La hacía hablar zarandeándole la cabeza a un lado y a otro y moviéndole la boca con una mano.
Estos son mis primeros recuerdos de infancia.












