Al inicio del relato “El gran cambiazo” de Roald Dahl, al protagonista y narrador de la historia, fanático experto de labios inferiores (de la boca) se le ocurre hacer un intercambio de parejas cuando se da cuenta de que según ese criterio labial, su vecina es ninfómana.
Por otro lado, si uno es un tiquismiquis y muy listo y lee los cuentos de adultos de Roald Dahl no duda en imaginar que el autor es un misógino especialista en ningunear a las mujeres, en cosificarlas, en hacerlas meros instrumentos del placer del hombre. O quizás solo lo sean sus personajes los que piensan así. Yo a ese señor no lo conozco de nada.
No mucha gente (de mi entorno) lee a Roald. Conocen varios cuentos suyos por las versiones cinematográficas que han hecho de ellos, “Charlie y la fábrica de chocolate”, Matilda”, “Mi amigo el gigante” (de Spielberg), “Las brujas” o “Los Gremlins”, pero no lo han leído nunca.
Yo sí y desde hace bastantes años. Aunque Dahl es muy bueno en lo suyo, con respecto a cuentos infantiles, yo soy más de Gianni Rodari, pero esa es otra historia.
Ahora, por una burda cuestión publicitaria, ha salido por doquier -medios de comunicación y redes sociales que sigo- que quieren censurar los cuentos infantiles de Dahl.
Censurar, modificar, hacerlos “políticamente correctos” (en vez de “gordo”, escribir “enorme”, quitar la palabra “feo” por fea, poner “frases feministas” modificando párrafos enteros si fuere menester).
Y digo yo que qué más da si la gente va a seguir sin leerlos.
Hay que vender como sea. Los herederos y editores (“el editor de sus libros y Roald Dahl Story Company, la propietaria de los derechos de la obra del autor”) estarán faltos de cash (pasta, parné, money, perras, duros, dineros, caudales, monises, chocolatinas, billetamen, contante, chavos, dindín, viruta, mangos, napos, chuchos, fondos).
Lo bueno de todo este asunto, es que he vuelto a leer a Roald Dahl (reconozco que cuando lo leí por primera vez hace por lo menos treinta años, me hacía un lío al escribir el nombre y apellidos, hoy en día es rara la vez que pongo las eles, las des o la hache en su sitio).
Y me he encontrado con el cuento “El gran cambiazo” que es casi tan bueno como “El visitante” (la historia de un tipo, un vividor al lado del cual Casanova es un mindundi, que deja como herencia sus Diarios: veintiocho tomos de trescientas páginas cada uno).
En “El gran cambiazo”, según el narrador, si alguien moja su labio inferior con la lengua es que está muy caliente. Y su vecina lo estaba, pero el protagonista del cuento, experto en la materia, para corroborar su tesis, dice que, “en la ninfomaníaca hay una diminuta cresta de piel apenas perceptible en la parte superior del labio inferior”. Y su vecina, aparte de lamerse el labio, tenía esa diminuta cresta.
A partir de aquí idea hacer un intercambio de pareja sin que las respectivas mujeres se enteren. Y pasan cosas. Muchas, de ninfómanas (ellos no, los “intercambiadores” no, claro). Este es Roald Dahl en ese cuento (bueno, vale y en “El visitante” también).
Luego ya, preguntarle al autor qué piensa sobre modificar lo que escribió en una época y contexto concreto, es otro nivel y no sólo porque hace treinta y dos años y pico que falleció.
Hablar de libros está muy bien, aunque las gentes del lugar estén pensando más en películas sacadas de ellos. A mí, sin ir más lejos, me gustaron mucho “Charlie y la fábrica de chocolate” y “Los Gremlins” y no, no me acuerdo de si decían gordo, feo y otras palabras que uno encuentra -si las busca- en el diccionario de la RAE.
Fin.












