Y se me ocurrió escribir un texto al que titularé “Sentido y sensibilidad”, que no tiene mucho que ver con la novela de Jane Austen de 1811 ni con la película homónima de la que hay varias versiones, pero de la que dicen que su mejor versión es una de 1995, la de Emma Thompson, Hugh Grant y Kate Winslet.
O sí porque tanto en la novela como en la película aparece una viuda y esto va de un libro de Rosa Montero. De Rosa Montero, de Madame Curie y de la compañera de trabajo -de gran sensibilidad y talento- que me dejó un libro.
El libro se titula “La ridícula idea de no volver a verte”. Es de 2013. En él, su autora, Rosa Montero, cuenta un momento fundamental de su vida que coincide con otro de Marie Curie: la muerte del marido.
Rosa Montero entremezcla su vida con la de Marie Curie (1867-1934), la ganadora de dos premios Nobel, uno de Física con su marido (en 1903) y otro, ella sola, de Química (en 1911).
A las dos, a Rosa, a Marie, se les murió el marido demasiado pronto.
Ese dolor nunca enterrado del todo crece como una flor secreta y escondida, que queda para siempre, como cualquier pérdida, aunque parece que hoy en día, en pleno siglo XXI en los medios de comunicación los fallecimientos se hayan convertido en cifras a olvidar cuanto antes.
En el libro, confesional, no solo surgen momentos tristes, también aparecen mujeres. Científicas, totalmente desconocidas para el común de los mortales, que tuvieron vidas duras y fascinantes, pero que debido a la realidad ultramachista y patriarcal que ha regido -algo cambió, pero en el fondo todo va demasiado lento- las vidas de Occidente a lo largo de los siglos, son ninguneadas.
Nombres de los que tomé buena nota porque no me sonaban de nada (lo reconozco) como:
Henrietta Swan Leavitt (1868-1921)
Lise Meitner (1878-1968)
Rosalind Franklin (1920-1958)
Jocelyn Bell (1943- )
No quiero que esto se convierta en un alegato feminista, que también, sino escribir -“por encima” de Rosa Montero y de Madame Curie ya que es difícil ponerse en la piel de estas portentosas mujeres de gran fortaleza y humanidad- y de otras como ellas- que quedan viudas y siguen adelante con sus vidas, con esa espina gigantesca e invisible clavada para siempre en lo más profundo de las entrañas y que quizá se escudan en «que la vida sigue» y hay más personas para las que son necesarias e imprescindibles y sobre todo y también, para ellas mismas.
Y termino lo que se me ocurrió escribir nada más levantado esta mañana.
Por cierto, a la persona que me dejó el libro, también “se le murió” el marido siendo ella joven y con tres hijas pequeñas “a su cargo”.
Sentido y sensibilidad. Sí. Qué menos.
Fin.












