Conocí a una persona a la que le gustaban las películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Y me pidió algún libro que tratara el asunto. Pensé en algo más bien “light” como es “El niño con el pijama a rayas” de John Boyne, pero me dijo que había visto la película, que a él le gustaron mucho esa película y “La vida es bella”, más que “La lista de Schindler”, pero que quería más.
Dudé en si dejarle el muy duro “Si esto es un hombre” de Primo Levi, en el que cuenta su vida (es un decir) y la de sus compañeros prisioneros en Auschwitz, uno de los campos de concentración, exterminio y esclavitud (utilizaban a los judíos como esclavos) de Polonia, o el más llevadero, “El pianista del gueto de Varsovia” el libro de memorias del músico polaco de origen judío Władysław Szpilman, del que Roman Polanski hizo una película (que curiosamente no había visto).
Al final me decidí por “Sin destino” la historia novelizada de Imre Kertész, al que acababa de “conocer” y leer (todo lo que pude) porque le habían dado el premio Nobel de Literatura allá por 2002.
Poco tiempo después crearon una colección en Círculo de Lectores (compré todos, no leí casi ninguno) de novelas, biografías, autobiografías, Diarios y memorias, sobre la Europa de la tumultuosa primera mitad del siglo XX en Europa, dirigida y con prólogo de Antonio Muñoz Molina, con libros tales como “Prisionera de Stalin y Hitler” de Margarete Buber-Neumann, “Los años rojos. Españoles en los campos nazis” de Mariano Constante o la impresionante obra “El vértigo”, memorias de Evgenia Ginzburg, casi del nivel de “Archipiélago Gulag” de Aleksandr Solzhenitsyn, también sobre la extinta URSS.
No le gustó. “Sin destino” de Imre Kertész le pareció infumable y aburrido. Eso me dijo. Buscándolo entre las estanterías de mi biblioteca -lo he dejado tantas veces que a saber quién lo tendrá-, no lo encontré, pero sí “Dossier K”, del mismo autor. Recopilando entrevistas que le hicieron, hizo un libro que para él es su mejor autobiografía.
Empieza fuerte el libro. Tiene catorce años y se encuentra con una ametralladora en la cara. Así lo tuvieron media hora, “frente a frente con el cañón de una ametralladora preparada para disparar”. Anécdota que no incluyó en “Sin destino”, dice.
En el campo de concentración donde lo metieron a esa edad (imaginemos dónde estábamos o qué hacían o pedían nuestros hijos con catorce años…), dormía apoyado en las rodillas del que estaba detrás de él, mientras el de delante estaba colocado en las suyas. De pronto sonaron gritos y sirenas. Un minuto después estaba de pie en el patio con un gendarme borracho apuntándole con su ametralladora. Sin tener ni idea de por qué estaba en ese sitio o qué culpa tenía. Qué absurdo todo, pensaba.
Cuando en los años sesenta del siglo XX se documentaba para escribir “Sin destino”, el régimen de Kadar (que gobernaba en Hungría) ocultó toda la documentación. Kertész no sabe si por vergüenza o por solidaridad con el pasado nazi.
En su libro “Fiasco” cuenta todo lo que tuvo que hacer para recuperar su memoria y poder verterla en “Sin destino”.
Declararon haber visto cómo hacían señales -desde el establo donde estaban hacinados pendientes de ser deportados desde Hungría a Alemania- con velas a la aviación inglesa. Esa fue la excusa que les pusieron para despertarlos bruscamente y colocarlos en el patio rodeados de ametralladoras. Si hubieran escuchado algún avión los hubieran matado a todos. Les dijeron unos tipos que estaban borrachos como cubas: “Parecían hienas cuando huelen sangre”.
Todo sórdido y real. “Había entendido el simple secreto del universo que me había tocado: el poder ser fusilado en cualquier sitio, a cualquier hora”.
A partir de ahí, cuando no hay destino, todo puede ocurrir y ocurre. En este siglo XXI, no sabemos lo que tenemos por poco que poseamos. Es bueno no perder la perspectiva. Y leer -por ejemplo-«Sin destino» de Imre Kertész, aunque no te guste.












