La escritora Elizabeth Smart escribió su historia de amor con el poeta George Barker en el libro “En Grand Central Station me senté y lloré”, que más que una novela es prosa poética de largo alcance y alta sensibilidad.
Elizabeth Smart, canadiense nacida en 1913 en una familia pudiente, con 18 años marchó a Londres a estudiar piano, pintura y teatro.
Un día, a sus 24 años, entró en una librería, leyó unos poemas del tal George Barker y se enamoró perdidamente, pero no solo de los versos sino del propio autor. Y no paró hasta “conseguirlo”. Se obsesionó de tal manera que pasaba sus días intentando conocerlo. Preguntaba por él, se informaba sobre los lugares que visitaba y paseaba por ellos por si lo veía o coincidían y decía que se casaría con él, sin saber que Barker ya estaba casado.
Gracias a su amigo, el gran escritor Lawrence Durrell, Elizabeth terminó conociendo al poeta que trabajaba como profesor en Japón, donde vivía con su mujer. Como ya eran amigos, ella los invitó a que viajarán a EEUU. Así fue. Les pagó el vuelo.
Enseguida ella volvió con él -y su esposa- a Inglaterra e iniciaron un apasionado romance, algo inimaginable en la mojigata sociedad londinense de aquellos años. En 1941 se quedó embarazada. Marchó a Canadá para tener a su hija -estaba muy mal visto ser madre soltera-. A los dos años regresó de nuevo a Inglaterra, con Barker. No podía vivir sin él. Ella volvió a quedarse embarazada.
Y escribió el libro “En Grand Central Station me senté y lloré”, llegando a sumar un total de 13 libros publicados.

Él, que era católico, prometió dejar a su esposa -con la que tuvo tres hijos- y casarse con la escritora. No lo hizo nunca. Es más, Barker, alcohólico y violento, hizo que Elizabeth se convirtiera también en alcohólica. Tuvieron en total cuatro hijos y Barker con otras mujeres, ocho hijos más, hasta sumar quince.
Con los años, aunque continuó enamorada, disminuyó la dependencia física y emocional de Elizabeth y aunque estuvo con él hasta el final de sus días -ella murió en 1986 y él cinco años después- consiguió echarse otros amantes hombres y mujeres.
Barker publicó cerca de cincuenta libros, entre ellos la novela “La Gaviota muerta”, en donde describió su relación con Elizabeth.
En esta relación se dan las dos caras de la vida: el amor y el sexo. En la novela se cuenta que viajando por una carretera perdida de Arizona -al suroeste de EEUU- pararon en el arcén para hacer el amor en el coche. Una patrulla de policía los detuvo. Cuando la interrogaron a ella, les habló de amor y preguntó ante lo extrañados y sorprendidos que estaban ante tanta pasión libre de ataduras: “¿Para qué viven ustedes entonces?”.
Eso era amor. A veces las historias de amor convulsas y obsesivas correspondidas o no, son la columna vertebral que dirige toda una vida.
Me resulta pleno de ternura y emocionante cada caso de personas que ya mayores retoman amores de juventud.
Quizás sea cierto aquello que leí en un cartelito del Escondite Café: Solo el amor nos salvará.
Fin.












