Como bien sabe mi cuate Cañamero he tenido un verano hospitalario del que he salido vivo y contento, sin que sirva de precedente, y esta temporada encamado me reafirma en la opinión de que, en los hospitales, solo estoy feliz en la puerta del paritorio (mis cinco hijos han nacido en el del hospital de Mérida) y en un aserto irrefutable: vivan las enfermeras y la madre que las parió.
Ya escribí sobre ellas y algún médico educadamente me hizo ver que ellas cumplen lo pautado por ellos. Vale, no voy a polemizar porque entre mis amigos está una amplia nómina de médicos y solo Dios sabe si algún día tendré que volver al hospital y someterme a sus pautas (es un decir) lo que no obsta para que me reafirme que, en cuanto a presencia física y calor humano, no hay color.
Tuve la suerte, vamos a llamarlo así, de ingresar un viernes temprano por urgencias donde un médico ejemplar me tranquilizó e hizo sentir como en casa (mi hermano mayor Fernando Delgado ya se encargó de cooperar para ello) pero les aconsejo que no vayan un viernes vísperas de puente largo porque enfermeras hay a la vista pero médicos hay que buscarlos. Después pasé a planta y constaté que la vida es suero y que el tiempo pasa entre temperaturas, goteros, paracetamoles ibuprofenos y suturas. El silencio de los goteros lo llamó alguien. Y siempre con una enfermera vigilante, con o sin pauta, con buenas o precarias condiciones.
Porque sí, porque les da la gana, porque son las mejores enfermeras de Europa. Mi sobrina y ahijada Carminita es enfermera en Inglaterra, porque allí se las rifan (a las españolas en general y a las sevillanas en concreto), porque cobran más y se las respeta mucho más. A ella vinieron a buscarla a un hospital de Sevilla y para allí se fue. Por encontrar, ha encontrado hasta el amor (¿verdad Curro?) y a mí me ha demostrado que además de su bien hacer como Enfermera (la pongo con mayúsculas) demuestra que la sonrisa (su sonrisa) sana.
Supongo que si en España mejorasen los sueldos y la consideración profesional y social de las enfermeras a lo mejor volvían. A lo mejor. A veces pienso, ya ven, que el sistema de salud y sanitario español no se merece las pedazo enfermeras que tiene.
La sonrisa, les decía, y la risa curan (a veces hasta del todo). Hasta en la UCI. A mí en la UCI de Mérida ver y sentir la sonrisa amable de quienes me atendieron me tranquilizó ¡y cómo! Porque allí el enfermo nunca llama dos veces (como para llamar está uno).
Resumo: no encontrarán a nadie tan cercano al enfermo como la Enfermera (o enfermero, que bastantes sondas estoy poniendo).












