Nicholas Carr en su libro “Superficiales ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?” editorial Taurus, traducción de Pedro Cifuentes, explica por qué tan poca gente lee lo que escribo.
De los casi cinco mil “amigos/as” que tengo en Facebook me leen una media de ocho o diez personas diarias. En el libro Nicholas Carr no pone ni mi nombre ni mis apellidos, pero es fácil de explicar el por qué de mi falta de lectores.
Varias personas me han comentado que no leen lo que escribo porque es mucho. Juran y perjuran que los textos que escribo son larguísimos. A veces (muchas), interminables.
Podrían justificarse diciendo que priorizan sus lecturas de Faulkner, Thomas Wolfe, Don Delillo, Derrida o yo qué sé, se deleitan más con las “Memorias” de Arthur Koestler o con “La práctica del relato” de Ángel Zapata. Pero no.
Ni lo uno ni lo otro. Eso sí, insisten en que preferirían leerme a mí por amistad, cercanía, para mantener tema de conversación si nos vemos o por interés, antes que a otros.
No es que esté llamando a mis amigos superficiales, qué va. Entiendo cueste trabajo leer las seiscientas palabras que escribo cada día y que “coloco” en Facebook (y en Diario de Mérida, Diario de Plasencia y en mi blog) y que en papel abarcarían si acaso un par de hojas.
Visualizar por el teléfono móvil un texto de esas características, si no despierta interés, se tiene que hacer insufrible. No acaba nunca. Y se convierte en una pérdida de tiempo. Quizás el texto además de largo, sea malo o tal vez lo enjundioso se encuentre en el último renglón. No se sabrá hasta llegar al final.
Aquí es donde quiero ir a parar.
Influye mucho a la hora de leer -aparte de que el teléfono móvil es mucho más incómodo que el papel- lo que
Nicholas Carr escribió (hace ya doce años) sobre qué está haciendo internet con nuestra mente.
Los medios de (in) comunicación y demás (Faceboook, Instagram, Twiter, Tik Tok, Google, email, Linkedin, Youtube, Amazon, Tinder, diarios digitales, podcats, clikbaits, blogs, radio, televisión…) nos inundan con tanta información de interés inmediato (y ya se sabe que si no estamos al día, perdemos el control y nos vemos fuera de todo) que el único filtro que utilizamos (gracias, internet) es que lo más importante para nuestras vidas son: lo más popular y lo más nuevo o lo último que nos llega. Todo es vacío, liviano, superficial, sin profundidad.
Sin lo último ni lo popular, no estamos al día. Y ya se sabe que lo que más molesta en esta vida es que nos ignoren (es como el chiste. Uno va al médico y dice: «Doctor, doctor, todo el mundo me ignora». Y dice el médico: «Que pase el siguiente»).
Nos sentimos abrumados. Es imposible digerir todo lo que nos llega. Cada vez dependemos más de las máquinas (no tenemos memoria, para qué si podemos buscar lo que queramos en el móvil que tenemos siempre a mano). Confiamos tanto en nuestros ordenadores (la velocidad y eficacia de internet) que cada vez que hay que profundizar en algo (sabiduría, conocimiento) miramos internet (a poder ser en el móvil).
Estamos (nos tienen) tan ocupados, distraídos, estresados, ofendidos, diversificados y desorientados que un par de folios escritos por mí parecen profundísimos y sobre todo, pesadísimos. Esto os (nos) pasa por superficiales.
Postdata: no sé si me he pasado de irónico porque a mí también me ocurre, encuentro algunos textos en Facebook tan cansinos que a partir del segundo renglón me parecen infumables.
Otra: los míos no, claro.
Fin.












