Visitando una exposición que se hizo en Mérida, sobre Atapuerca, en el M.NA.R. caí en la cuenta de la trascendencia y significado del hacha de piedra, Excalibur.

El hacha Excalibur, a la que le dieron este nombre por la legendaria espada del rey Arturo, es muy interesante no sólo como pieza arqueológica, sino por lo que significa. En la Sima de los Huesos se encontraron varios individuos que fueron enterrados allí y a los que se les ofreció esta hacha de mano, tallada en cuarcita roja. Esto implicaba una ceremonia que demuestra que se creía en la trascendencia del ser humano, ya que se les enterraba con un ritual que podríamos llamar religioso. Esta ceremonia nos permite descubrir, que creían que tras esta vida, después de la muerte había algo. Este sentimiento que nos diferencia de los animales ha hecho que sigamos todavía en la actualidad visitando a nuestros difuntos y considerando que a pesar de haber muerto, todavía viven, y perduran de otra manera.
Este deseo de perduración y de recuerdo, hacía que los romanos construyeran sus tumbas junto a las grandes calzadas, en las afueras de las ciudades, para que el caminante se parase ante ellas, y recordara la memoria de alguien, que desde allí se la reclama. Impresionante y emotivo es el epitafio que se puede leer en el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, y que le dice a quien pasa :»Praeterisse potes.» Puedes pasar de largo», pero luego, le recuerdan al caminante su dolor, y quieren recordarle, cuan tierno y cariñoso había sido aquel joven, entregado a las llamas, rogándole :»Quisquis ades dicas si(t) tibi terra levis». A quien quiera que esté presente, di séate la tierra leve. Es como si le rogaran una oración por el difunto, frente cuya tumba se encuentra el viandante, quizás de esta manera, recordándole el dolor sufrido por los vivos, es como si el difunto se encontrara menos sólo, acompañado por el recuerdo de quienes todavía están sobre la tierra.
No siempre se ha tenido este deseo hacia el difunto. Y no sólo me refiero a las múltiples profanaciones de tumbas de personajes a través de la Historia. Sino a toda una serie de actuaciones sobre el difunto que evitaran su vuelta, para perturbar a los vivos.
En Cantabria , en el término de Villaescusa encontraron en la Cueva de Morín, un enterramiento de hace unos treinta mil años al que llamaron «El Hombre de Morín.» Se trata de un individuo de gran estatura, muy alto para la época en que vivió, ya que rondó los 1´95cms. de altura, pero sin duda lo más llamativo es la forma en la que fue enterrado, siguiendo un ritual. Hicieron una fosa no muy profunda y colocaron en ella, primero su cabeza, que habían cortado, y encima de ella el cuerpo, tendido sobre el costado izquierdo. Delante del vientre le pusieron los pies, que acostumbraban a cortar e incluso a quemar para que el difunto no volviera a importunar a los vivos, y a su lado un cuchillito de piedra y colocaron, donde debían estar los pies, un costillar, y junto a la cabeza, un animal entero, posiblemente un corzo pequeño atado por las patas, y finalmente el hombro y pecho, lo cubrieron con una estera o piel. Es evidente que aunque no deseaban que volviera, le proporcionaron abundante comida y utensilios para la otra vida.
Este miedo a los muertos ha sido recurrente durante toda la humanidad. En el Papiro egipcio Mágico de Leyden, se encuentran algunos conjuros para evitar que los vivos, al recitarlos sean importunados por lo difuntos. “¡Atrás, tú que traes tu rostro, tu alma y tu cadáver y vosotros, que embrujáis con vuestros rostros y con vuestras imágenes, ¡Oh, espíritu muerto, muerta, enemigo, enemiga durante el viaje de la noche¡ ¡Mirad a vuestro alrededor y veréis al Señor del Universo¡… Decir estas palabras …Después ya no volverás a ver espectros.”

Hace unos pocos años, unos investigadores italianos, encontraron los restos, en Venecia, de una mujer de la que no dudaron en pensar que había sido considerada en su tiempo, una vampiresa, porque le habían colocado un ladrillo entre las mandíbulas para impedir que se bebiera la sangre de los vivientes y propagara la plaga que en el siglo XVI, asoló la ciudad. ¿Por qué se lo pusieron sólo a ella? ¿Había algún antecedente, que lo aconsejara?
El esqueleto, se encontraba en una fosa común donde se encontraban otros cadáveres acumulados como resultado de la plaga que hubo en 1576 en Lazzaretto Nuovo, situado a unos tres kilómetros al noreste de Venecia, lugar, que fue utilizado como sanatorio.
Esta creencia de la existencia de seres que sobrevivían a la muerte física, que vagaban por la noche y que volvían a la tumba en la que habían sido enterrados, durante el día, tenía su base en la contemplación, al reabrir algunas fosas, de algunos cuerpos hinchados por el gas de la descomposición, con el pelo creciendo y sangre saliéndole por la boca. Las telas con las que le habían cubierto la cara dejaban ver los dientes, ya que las bacterias de la boca habían podrido el paño. La creencia medieval de la existencia de unos muertos vivientes que extendían la muerte al chupar la sangre con la que conseguían la fuerza para volver a las calles, hizo pensar en cómo matarlos, o al menos evitar que sorbieran la sangre de los vivos, para ello se debía de quitar el paño de su boca y colocarle algo que no pudiera comer, como un ladrillo.

La imagen de un hombre prehistórico agonizante o muerto, corneado por un bisonte herido, pintado en las paredes de las cuevas de Lascaux, cuya datación está entre los 13.000 años a .C., aporta, en las figuras pintadas, una iconografía que aparentemente nada tiene que ver con la escena, la de un ave que se encuentra en primer término de la imagen, y que nos llevaría a percibir el simbolismo del espíritu que vuela fuera del cuerpo del difunto, y que se repetirá en todas las culturas y tiempos y que también incorporará en sus relatos e iconografía, la religión cristiana, en la que de sus santos, al exhalar el alma, sale de su cuerpo una paloma.
Dice el poeta Prudencio (S.IV-V) en su Peristephanon, que al morir santa Eulalia, la gente vio que salía de ella una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo, ante cuya visión los verdugos salieron huyendo, llenos de pavor y de remordimiento por haber matado a una criatura inocente.
Esta escena la repetirá en sus versos un monje francés que escribió en el 878, la “Cantinela de Santa Eulalia.” Dedicada a Santa Eulalia de Mérida.
“En figure de Colomb volat a ciel” (Vuela al cielo en figura de paloma)
Se ha puesto de moda la incineración y la dispersión de las cenizas, lo que en cierta manera muestra un desapego hacia el ritual ancestral heredado desde milenios y hasta el recuerdo y veneración de donde se encuentran los restos de nuestros difuntos. Porque cuando enterramos a nuestros difuntos, conocemos el lugar donde se encuentran y se limpia y cuida la lápida y se reponen o se ponen flores, para mostrar que su recuerdo y su afecto no han desaparecido.

En estas lápidas no faltan tres letras DEP o RIP. Ambas significan lo mismo, pero estas palabras latinas cuyo significado es “descanse en paz” han sido las menos acertadas, en muchísimos de los casos, para mártires, santos y personajes ilustres que han viajado en la muerte mucho más que lo hicieron en vida, siendo en no pocas ocasiones motivo de luchas entre ciudades, o incluso pleitos entre naciones, sobre quien albergaría los restos de tan ilustres cadáveres. Muchas de estas historias las recogía en un libro la periodista Nieves Concostrina, pero muchas otras se encuentran en cualquier libro que hable de la vida de los santos católicos, ya que desde el S.IV, se despierta una enorme pasión por los restos de los mártires que llegará a convertirse en negocio y fuente de riqueza en la Edad Media, para los Conventos y ciudades, que posean sus restos, aunque su autenticidad sea con gran frecuencia más que discutible y esté más asentada en leyendas y relatos fantasiosos, que en firmes datos históricos, pero que según la importancia o popularidad de las reliquias que albergaban entre sus muros, atraían una gran cantidad de peregrinos que lo/as convirtieron en centros de cultura, poder y dinero.
Casi ningún gran personaje se ha librado del trajín de sus huesos de aquí para allá. En la época de la Invasión francesa, hubo pocas iglesias españolas que se libraran de que los huesos de los personajes allí enterrados fueran removidos, a la búsqueda de los anillos y riqueza que pudiera haber sido enterrada con ellos. Así Valencia, Burgos, Francia, Alemania e incluso hasta la República Checa, dicen tener huesos del Cid. Una delegación francesa, en época de la Invasión, para congraciarse con la población, se acercó hasta el Monasterio de Cardeña para enterrar en otro lugar, con honores, los restos del Cid y de su mujer Doña Jimena, cuando llegaron se encontraron con una situación dantesca, todas las tumbas habían sido abiertas por sus soldados y era imposible en aquel revuelto de huesos encontrar los que realmente pertenecían a ambos.
Solución; “estos mismos valen”y dieron por buenos los que creyeron oportunos. Algunos de estos huesos fueron a parar a su nueva tumba, otros se los llevaron consigo dos de los comisionados, el conde de Salm-Dick y el barón de Delamardelle, y de esta manera los supuestos restos del Cid comenzaron su periplo europeo, debido a los regalos y herencias entre la aristocracia europea, entre los que se encontraban, las reliquias y restos de grandes personajes. No sería el único del que, ante la duda, acaban cogiendo el primer cadáver que encuentran a mano. Así ocurrió con Francisco Pizarro.

Pizarro muere en Lima, de una estocada en el cuello, a manos de los partidarios de Almagro. Fue sepultado detrás de la Catedral, pero en su testamento había dejado escrito que lo hicieran en el interior, bajo el altar mayor. Algo que hicieron cuatro años mas tarde. Tras este entierro, su hija Doña Francisca Pizarro Yupanqui, construyó una capilla a la que trasladó los restos de su padre. Tras un terremoto, volvió a ser trasladado a otra iglesia mientras reconstruían la Catedral. Y así fue cambiado de un lugar a otro hasta siete veces. Sin embargo un día buscando los restos de Santo Toribio, se encontraron una caja en la que estaba escrito: “Aquí está la cabeza del señor marqués don Francisco Pizarro, que descubrió y ganó los reinos del Perú y puso en la Real Corona de Castilla”.

Años antes en 1891, una comisión para celebrar el 350 aniversario de la muerte de Pizarro, dio por buena una momia que se encontraba en una cripta situada bajo el altar mayor. Así es que la colocaron en una urna para que todo el mundo pudiera verla. Mientras que su cadáver auténtico, estaba arrumbado y olvidado en una tumba de la catedral de Lima, en la que al hacer obras en 1977, se encontraron con unas cajas, una tenía unos huesos y otra la cabeza con la inscripción de marras. Estudiada la momia falsa, no tenía ni un rasguño, lo que contradecía los relatos históricos sobre la pelea mantenida contra los Almagristas que le ocasionó múltiples heridas y la muerte.
Con tantos traslados alguien debió de coger en algún momento los restos que no eran, quizás porque una momia queda más “aparente”, que unos huesos mondados y pelados. Finalmente, Pizarro fue “a parar con sus huesos” a una capilla lateral de la Catedral de Lima.

No fue previsor y en lugar de pedir ser sepultado bajo el Altar Mayor tenía que haber puesto en su Testamento lo mismo que hizo grabar en su lápida, que se conserva en la colección visigoda del Monasterio de Santa Clara de Mérida, Maurilio en el s.VII, execrando contra aquellos que : “inquietarent corpus”. Que “perturbaran la paz de su cuerpo” Porque, qué menos que cumplamos los vivos el último deseo de los muertos : “Descanse en Paz” Requiescat in Pace. Rip.
Amén.












