El concepto de autoridad está en crisis: la comprobación de este veredicto, que concierne tanto a la familia, a la escuela, a la empresa, como al Estado, hoy más que nunca debe surgir desde el sentido común. Pero, ¿qué es la autoridad? La respuesta en mi opinión no parece que sea tan obvia.
La palabra autoridad deriva del latín “auctoritas”. En la antigua Roma este vocablo no solo aludía a quienes eran capaces de crear algo u originar algo de valía, como entendemos hoy, sino que también aludía a quien tenía la misión de hacer crecer algo o de llevarlo por el buen camino. Aunque realmente cuando mencionamos a la autoridad no solemos referirnos al ejercicio legítimo del mando, esto es, al poder que se le otorga de manera consensuada y normada a quienes poseen las competencias necesarias para el liderazgo o la toma de decisiones.
En concreto, el origen de la autoridad debe su carácter legítimo y formal al cumplimiento de algún tipo de reglas de juego sociopolíticas. Así por ejemplo en democracia la ejecución de lo establecido en las leyes y la participación popular son los que deciden en quien recae la autoridad política.
Sí es una realidad, que el concepto de autoridad surge en sintonía con la creación de las primeras sociedades humanas, fruto de la necesidad de estos en agruparse para garantizar la supervivencia en un mundo siempre hostil. A lo largo del tiempo la autoridad siempre fue una herramienta con la que conducir a la sociedad y determinar quién era el líder, sin embargo, hoy parece que bajo este concepto la autoridad ha dejado de ser beneficiosa para el conjunto de la sociedad.
Sobre la autoridad, muchos autores han intentado aclarar sobre ella tratando de catalogarla, aunque, si bien es cierto, que la clasificación más aceptada es la que propone Max Weber, que divulga esta clasificación en tres tipos: Autoridad tradicional fundamentada en el principio de la costumbre, autoridad racional legal que se fundamenta en el pacto o lo que establecen las leyes (derecho positivo) y autoridad carismática, que se fundamenta en el respeto, la admiración y la devoción hacia las capacidades de una persona. A su vez siempre la autoridad ha sido objeto de estudio de múltiples disciplinas como el derecho, la política y la sociología, entre otras y ha sido también abordada filosóficamente por pensadores recientes como Max Weber o no tan recientes como Aristóteles.
Pero el concepto de autoridad que más ha calado en la sociedad a lo largo de la historia ha sido el aristotélico y siempre al lado de la legitimidad, que se deriva de la razón moral que acompaña a la condición humana de la comunidad y del significado que encarna la concepción de la virtud, que asume el conocimiento de la función como la esencia en la orientación de todas nuestras acciones.
Este registro de autoridad, que solía atribuirse solamente a algunos individuos que eran susceptibles de ejercer la dominación, representaba una consecuencia de la igualdad que privaba entre los que se consideraban ciudadanos; es decir, aquellos que contaban con el derecho de participar en los asuntos de la ciudad, de modo que la validez de comportamiento en torno a los actos de autoridad constituía un elemento implícito de conducta para emprender las tareas propias de su función comunitaria, que debiera responder íntegramente a los más altos valores de la comunidad.
La autoridad en el pensamiento de Aristóteles tiene una referencia explícita hacia los demás, como ya lo hemos advertido, de modo que mientras el funcionamiento de una comunidad esté enmarcado en la eficacia será en beneficio de ella misma y del propio individuo que ejerce el mando. En este contexto, la autoridad cumplirá mejor su responsabilidad y adquirirá mayor validez en sus funciones si es capaz de alcanzar la coordinación adecuada de todos los miembros, porque el bien de los demás también será el bien personal. El ejercicio de la autoridad estará mejor reconocido si recibe de los subordinados su aceptación, de manera que adquiere la mayor legitimidad para ejercer de la mejor manera la dominación.
En mi opinión las bondades, pesquisas y grandes dilemas que siempre se han proyectado sobre la autoridad quedarían resueltas bajo la contestación de la siguiente pregunta ¿Actúan las autoridades en nombre de las personas?
Hoy esta pregunta parece inclinarse hacia una autoridad de servicio, aunque en las mayorías de las ocasiones el discurso debe girar en torno a las colectividades y cómo nos relacionamos con ellas, por ejemplo, si cuando decimos “nosotros”, queriendo nombrar a esa misma colectividad. El concepto hacia el que debemos caminar es el de autoridad de servicio, hoy sin lugar a dudas es un discurso comprensible, y por tanto tiene condiciones de verdad.
Actualmente no tengo ninguna razón en sentido general para pensar que no existen autoridades con un derecho para gobernar u ordenar sobre las colectividades del modo en que los gobiernos son los órganos de países o estados. Pero bien puede ser que los casos en que las autoridades actúan en nombre propio siempre son en la administración local, y es este en la mayoría de los casos donde el concepto de autoridad se ve deslegitimizado, puesto que el concepto es tendente al beneficio personal y al abuso de autoridad. Debo concluir manifestando que el actual paradigma de la autoridad, debe situarse en dirigir el nuevo concepto de autoridad hacia el concepto de servicio.













Totalmente de acuerdo con su planteamiento y base filosófica del artículo. Pero, en el caso de nuestra Ciudad,, se está viendo que está totalmente alejada del servicio que debe prestar a la sociedad. Más bien, está más preocupado de su incapacidad para hacer frente a la inseguridad que se está adueñando de Plasencia, sin que el Alcalde-sacristán también se encuentra sin saber lo que hacer. Así la impunidad impera. Reiteramos la necesidad, en una nación democrática, de que este principio de autoridad se practique y ejecute por el responsable y sus agentes por el bien de la sociedad.
Muchas gracias por su opinion la cual comparto.