Leyendo el otro día una novela, encontré una escena que me sobresaltó. En ella, una refinada señora madura entró en un vagón de metro y se sentó. Al momento llegó una vagabunda sucia, vieja y desdentada que llevaba una bolsa repleta de basura, sus pertenencias. La vagabunda se sentó al lado de la elegante dama y le dijo:
¿Qué tal tu padre, le llegaron a operar de la vista? ¿Y qué fue de R, al final te casaste con él?
Asombrada, la señora madura se quedó mirando a la desdentada vagabunda preguntándose quién podía ser hasta que la miró a los ojos y se dio cuenta de que era una antigua amiga de la Universidad. Fue un shock. Le costó responder, le dijo dos o tres nimiedades, puso alguna que otra excusa, sacó todo el dinero que llevaba encima, se lo dio a la pordiosera y en cuánto pudo, se bajó del vagón de metro.
Esta historia me trajo un recuerdo más o menos reciente. Un día salí de la oficina a las tres de la tarde y encontré a un antiguo compañero de pupitre -de segundo de BUP- de Instituto, sentado en el portal de un local cerrado al inicio de la calle Santa Eulalia de Mérida. Vestía bien pero vi que había puesto una gorra militar en el suelo y tenía la mano derecha levantada. Pedía una ayuda. Me senté a su lado. Le pregunté qué tal le iba. Me dijo que ahí estaba, pidiendo dinero para poder ir a Canarias a visitar a su novia.
Luego me dijo que su novia era Chenoa. Eso ya me “cuadraba” aún menos. Como hacía mucho tiempo que no lo veía le pregunté por su vida. Me dijo que hacía años que se había separado y que desde entonces y hasta hacía poco había estado viviendo en Badajoz.
Como “se me hacía tarde”, me levanté y le di todo el dinero que llevaba. Me dio bastante “reparo” verle así. Le dije que lo invitaba a comer o a beber pero no, él me repitió que solo quería unas pocas monedas para poder ir a ver a su novia, la famosa Chenoa que por aquellos entonces cantaba en Operación Triunfo.
A los pocos días volví a ver a mi antiguo compañero de Instituto, estaba en el Registro del Ayuntamiento.
Acababa de hacer una reclamación por escrito. Me la enseñó. En ella pedía que los taxis aparcaran no por orden de llegada sino por el número que tuvieran, que lo lógico era que primero estuviera el uno, después el dos y así sucesivamente. Iba vestido con un traje militar, de camuflaje. Algo no iba bien. No.
La vida da muchos palos pero solo queda salir del pozo. Era y es muy buena persona.
Cuando leí la escena de la novela, me acordé de él, de lo dura que a veces es la vida. Desde entonces no lo he vuelto a ver. No sé si pude o puedo hacer más por él, por nuestra antigua amistad. La realidad, por desgracia, a veces supera a la ficción.












