Al hilo de un texto que me ha llegado viralizado por redes sociales, me he acordado de Howard Gardner, el inventor de la teoría de las inteligencias múltiples y de un albañil que hizo una obra en mi piso hace veinticuatro años.
El texto repetido muchas veces (viralizado) dice: “Yo soy de esa generación que empezó a trabajar de niño, para ahora mantener a vagos y gentuza”.
Yo soy de esas personas que, aprovechando lo que dijo Howard Gardner, soy hábil en algunas cosas y en otras muchas no.
El ejemplo más claro es que no tengo habilidad para entender el texto que me ha llegado por Facebook y por email. Es culpa mía, lo sé. Antes luchaba por entender, ahora, con el paso de los años, cada vez lo intento menos. Y eso que he buscado en todos los recovecos de mis circunvoluciones cerebrales. Hasta le he pedido permiso a los giros temporales transversos del lóbulo temporal del cerebro. Y ni caso. Ni idea. No llego a entender la frase.
Solo recuerdo una generación en la que muchas de las personas que la formaban empezaron a trabajar de niños, fue la de mi padre, la de las personas nacidas en mil novecientos treinta y tantos. Tuvieron que trabajar desde niños en el campo (sin que nadie les diera de alta). Y aún así pasaron hambre. Pero me hago un lío. Mi padre no mantuvo a vagos y gentuza.
He leído la frase veinte veces, palabra a palabra. Ya digo, fallo mío. He indagado en todos los tipos de inteligencia que dice Howard Gardner que existen: lingüística, lógico -matemática, musical, espacial, corpóreo-cinéstesica, intrapersonal, interpersonal, naturalista y existencial. Y nada. Mis capacidades, lo siento, no dan mucho de sí. O de mí. No entiendo cómo haya personas tan valientes que reconozcan que trabajaron desde niños sin estar dados de alta y no decirlo hasta ahora que se acaba el año 2022.
Quizás si veo otra vez al señor que hizo una obra en mi piso hace veinticuatro años le pregunto si él mantiene a vagos y gentuza, aunque yo creo que su familia es tan trabajadora, responsable y eficiente como él.
Cuando hizo la obra para unos arreglos en el cuarto de baño, estaba a punto de jubilarse. Llevaba toda la vida dado de alta como autónomo. Me contó que el piso donde yo vivía era recio, las paredes eran gruesas, “no como las de pladur que quieren que montemos ahora”, recalcó.
Empezó y acabó la obra en las fechas que me dijo, cobró lo que tenía que cobrar, demostrando, además de eficacia y eficiencia, una inteligencia superior. Y eso que no tenía estudios porque desde niño tuvo que trabajar ayudando a su padre -también albañil- y de paso, aprendiendo el oficio gracias al cual formó una familia de gente humilde, inteligente y responsable como él.
Hace poco me vio. Se acordaba de mí. Dijo que aunque a sus casi noventa años estaba medio sordo y cojeaba un poco, se acordaba de mucho.
Y ya está. Ya no quiero escribir más de este hombre digno y buena persona que pertenece a una generación que empezó a trabajar desde niño. Quizás él no conozca la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner o, como yo, no tiene las suficientes capacidades para entender un texto que llega a tu vida -por Facebook, por email- sin que lo hayas pedido que dice que pertenece a una generación que mantiene a vagos y a maleantes o gentuza. Cada uno en su casa sabrá. O no me he enterado muy bien del texto que me llegó más de diez veces por Facebook, por email.












