Hace un par de días metí la mano entre las miles de (procrastinadas) anotaciones que escribo y saqué un papel de entre los muchos que tengo por ahí «encajonados». Es de hace siete años. Pone: “Siete de mayo de 2015, falleció el escritor Óscar Collazos. Leer”.
Y me dije: «Ya está. Ya va siendo hora de leerlo».
Busqué entre las baldas de mi biblioteca y encontré dos libros de Óscar Collazos. Una novela corta que recuerdo haber comprado en un catálogo de la revista BID de Discoplay cuando en su última etapa les dio por vender libros de segunda mano.
Se titula “De putas y virtuosas”, una edición de Laia literatura de mayo de 1984.
Es la historia de un burdel y de una ciudad del Pacífico colombiano en Semana Santa. Lo pone en la contraportada.
Luego uno encuentra los sentimientos y emociones de una mujer -porque resulta que las prostitutas (izas, rabizas y colipoterras las llamaba Camilo José Cela) también son personas-. Y algo tan impensable, como la relación que puede haber entre un prostíbulo y la Semana Santa.
Y luego, el otro libro de Óscar Collazos, «Fugas», este de la editorial Mondadori y de 1990, conseguido de la misma manera que el anterior.
Podría contentarme con decir que es buenísima, la novela “Fugas”. La trama es sencilla, la historia de un pícaro o buscavidas del siglo XX a lo “Lazarillo de Tormes” o “El Buscón”, pero un pícaro actor, rapsoda y que hizo de león en un circo de mala muerte y también un guaperas de voz sedosa y penetrante, eso sí.
Este tipo de novelas suelen ser pesimistas -las escenas se regodean en la mugre-, realistas -ponen el foco en lo que nadie quiere contar, en los detalles de la miseria y el hambre que parece que nunca- y hasta moralistas, como no podía ser menos.
Fabricio Ele que así se hace llamar nuestro pícaro protagonista, aprende las inclemencias y aposturas del sexo feroz y vivificante, en brazos de mujeres -prostitutas- veinte años mayor que él. Va saltando de cama en cama, de ciudad en ciudad, en una sucesión de “Fugas” que, si uno lo piensa un poco, es un poco como la vida misma.
Ayer mismo, hablando con un amigo que a sus sesenta años está en la plenitud de la vida, supongo que al hilo de la lectura del libro, le comenté algo así como que esta alternancia de lo vivido es lo que nos lleva al equilibrio necesario en espera de la aventura definitiva que es el morir. Nunca me pongo tan “profundo”, pero hay días en los que uno no lo puede remediar.
Las escenas que vive el pícaro Fabricio Ele (Echevarría es su apellido) en la segunda parte del libro, con el desgarbado, viejo y fracasado profesor de literatura, que mide dos metros y que busca desesperadamente a una mujer -la suya propia- que lo dejó hacía diez años a causa de sus problemas -de él- con la garganta -que lo dejaron mudo- son apasionantes, divertidas, cultas y llenas de frases enjundiosas que ya le gustaría desarrollar a los Bucay o Paulo Coelho de turno.
Unos cuantos ejemplos:
“El amor es una enfermedad que convierte la tristezas en dicha de animales postrados”.
“Que la felicidad sea una felicidad sin puntos ni comas”.
“El sosiego, la resignación, no caben en mi idea del amor”.
“Precipitar el entusiasmo (en el amor) deja al descubierto la locura (de amor)”.
“Solo le ofrezco aquello que el tiempo me ha dejado vivo” (esto lo dice el viejo profesor de dos metros de alto)
“A fin de cuentas, los hombres leen para el olvido”.
Luego ya, indagando en la biografía del escritor -fallecido hace siete años y medio-, encuentro que estuvo casado con la escritora Nuria Amat o que perteneció a la “Generación del Boom” en donde entre los nombres más afamados se encuentran los de Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes.
En el libro “Aquellos años del Boom” de Xavi Ayén, en dónde Óscar Collazos aparece en catorce páginas, lo cuentan mucho mejor que yo.
Gran escritor el colombiano Óscar Collazos, al que acabo de descubrir de casualidad.
En definitiva, da igual lo que uno sea, crea ser o haya sido si no está abierto a la vida. Es lo que tiene la literatura.












