Disculpen mi ausencia. Durante unos días he tenido que atender compromisos ineludibles. He estado en la Feria Ganadera Internacional de Zafra. Seis días de certamen y más de un millón de visitantes que resumen la presente edición de esta cita anual y fundamental en el calendario ganadero de España.
He tenido oportunidad de saludar y compartir protagonismo con varios colegas y compañeros de vida y profesión. Pude saludar al alcalde, veterinario y presidente de la Entidad Ferial, José Carlos Contreras, quien ha cifrado el incremento de participantes de esta verdadera performance rural y extremeña en un veinte por ciento más que en 2019, última feria normalizada.
El viernes día treinta de septiembre y en la nave de porcino pude saludar brevemente al comisario de Ferias, mi admirado colega veterinario Santiago Malpica Castañón, exponente y ejemplo de esta bendita profesión. El lunes día tres de octubre y después de pasarme y saludar a amigos en el pabellón de la Consejería de Agricultura, Desarrollo Rural, Población y Territorio, lo encontré sentado y visiblemente cansado tras tantos días de actividad. Qué importante la labor callada de tantos y tantos veterinarios que hacen posible que el resto podamos disfrutar de esta auténtica exposición de bellezas del reino animal.
Traigo aquí el comentario de nuestra consejera de Agricultura quien en uno de los numerosos corrillos con políticos y ganaderos mencionó a nuestra Jefe de Servicio de Sanidad Animal, quien aún lesionada y fracturada no ha dudado en asistir y participar en las jornadas culturales y profesionales que engrandecen el evento.
La anécdota de la jornada fue el ataque que sufrió el coche de la anteriormente mencionada Jefe de Servicio por un ganso kamikaze que vino a estrellarse contra el parabrisas del automóvil oficial y que gracias a la pericia del conductor no derivó en un accidente de tráfico de mayor importancia. El pobre ganso sufrió peor suerte.
Volviendo a esta segunda y gratificante actividad de plumilla, me encuentro con un suceso que no por repetido deja de llamarme la atención. Alumnos del “Colegio Mayor Elías Ahuja” increpan con gritos y cánticos soeces a sus vecinas y universitarias del “Colegio Mayor Santa Mónica”. Quienes lejos de sentirse ofendidas responden con gozo y algarabía.
Y es aquí donde uno ambas actividades, la profesional y la académica. La seria y esforzada con la juvenil y desenfadada. La de usos y costumbres con la moderna e igualitaria que no siempre van acompasadas.
En octubre de 1983, trescientos veinticinco estudiantes comenzamos la andadura de la primera promoción de la Facultad de Veterinaria de Cáceres. La mayoría jóvenes extremeños novatos que gozamos de una experiencia única, excepcional e irrepetible. Unos pocos venían rebotados de la Facultad de Veterinaria de Córdoba e intentaron sin éxito imponer su veteranía y sus costumbres, pero su inferioridad numérica pronto les hizo desistir de su empeño.
Al año siguiente, instigados por este grupo y algunos profesores, finalmente se impusieron las bárbaras costumbres importadas de otras facultades (“la racaná”, que así se llamaban las novatadas en Veterinaria), los mismos que años más tarde y una vez investidos como doctores y catedráticos las prohibieron.
Apenas reinicio mi cotidianeidad y al unísono me encuentro con que todos los medios de comunicación se hacen eco de este suceso tan desagradable y deleznable y lo titulan: “Machismo”, “Patriarcado”, “Violencia contra las mujeres”… Así dicho pudiera parecer que los hombres agredimos verbal y/o físicamente a las mujeres. Les aseguro que no es el caso, al menos en los círculos en los que me muevo.
Podría parecer que, dentro de un anacrónico y equivocado rito de iniciación o novatada, estos universitarios se hubieran propuesto agredir e insultar a sus vecinas del colegio mayor de enfrente. Entiendo que no era esa su intención, más bien lo contrario. Torpemente y de manera inadecuada trataban de romper el hielo en estos primeros días en el campus. Al menos así lo han entendido las destinatarias del mensaje que inmediatamente respondieron y acusaron el recibo de la vociferada misiva.
Además, hay que tener en cuenta varios factores desde mi punto de vista fundamentales: tanto uno como otro colegio mayor son negocios regentados por órdenes religiosas y por supuesto los residentes de uno y otro son, al menos a priori, de un solo género. Ya será razón que la Universidad Complutense imponga como obligación que sean mixtos para aprobar los convenios de colaboración con las elitistas y privilegiadas órdenes religiosas.
Si a la receta le añadimos que el defenestrado Pablo Casado Blanco estuvo alojado en el mismo colegio ya tenemos todos los ingredientes precisos para que un auténtico ejército de talibanes opinantes de todo y maestros de nada, se lancen a degüello. Pareciera que es este un hecho puntual y excepcional tal y como mienten los responsables y cobardes agustinos del “Elías Ahuja”.
Y es que, en esta España nuestra, al socaire de la bendita excusa religiosa y judicial, la mentira campa a sus anchas. La primera por la ventaja del perdón tras el reconocimiento y el acto de contrición y penitencia. La segunda por el derecho mal entendido de mentir para no autoincriminarse. Es por ello que la verdad está minusvalorada, cuando no menospreciada en esta sociedad monárquica y democrática de derecho.
En este caso entiendo hemos de circunscribir lo sucedido al primero, al ámbito religioso, a la pura falta de educación en valores de igualdad, pues aun cuando hay quien entiende que hubo materia delictiva parece algo excesivo. Si así fuera será la fiscalía tras las oportunas indagaciones quien emprenderá lo que en derecho corresponda a espera de ulteriores procesos y fallos judiciales.
No es de recibo que actualmente y menos aún por una entidad religiosa se amparen tales actos reiterados y con supuesta premeditación, nocturnidad y alevosía. Ahora bien, de ahí a poner en la picota a los y las protagonistas de tan vergonzosa actuación dista un trecho. Más valdría incrementar la educación en el ámbito universitario y no la memoria de temas que a la postre se descubren inútiles en el día a día.
Y entiendo que como en otras muchas ocasiones es el sentido común y la educación entendida como marco de convivencia la que hay que invocar en este día tan aciago.
¿Acto machista?












