Muchas personas para escribir a máquina, utilizan solo dos dedos de cada mano. Yo utilizo todos. Muchos sudores me costó el aprendizaje. Tantos como veranos pasé en la academia de mecanografía de Angelines en la calle Augusto, la de “porcima” de la mía, la Duque de Salas.
Todas las tardes me hice fiel compañero de mi máquina de escribir Olivetti lettera 32, con su cinta negra y roja -el rojo nunca lo usábamos-, sus teclas que había que aporrear con fuerza, el clin cuando terminaba un renglón y tenías que dar a la palanca del carro para pasar al siguiente, la tecla horizontal de abajo para separar un palabra de otra.
Empezábamos con las letras de la línea del medio asdfg asdfg asdfg asdfg que tecleábamos con la mano izquierda para luego seguir con la derecha el ñlkjh, ñlkjh, ñlkjh, ñlkjh.
La academia de Angelines ocupaba un par de habitaciones de los bajos de su casa, las que estaban nada más entrar. Mesas con máquinas de escribir y sillas individuales de oficina. Y un par de ventiladores cada una.
Allí nos juntábamos quince o veinte alumnos por habitación con la incansable Angelines controlando con gran seriedad y sapiencia, nuestra evolución mecanográfica.
A base de constancia aprendí, tantas tardes de verano -Extremadura en julio, a las cuatro de la tarde era y es un horno- a tener muchas pulsaciones (de pulsar) a máquina.
Imposible olvidar el manual de aprendizaje, ese libro de pastas duras y color marrón que todavía conservo por ahí. Ni las miles de veces que escribí el asdfg, el ñlkjh y luego letras de dos en dos. Y qué decir del dolor de los meñiques por culpa de la ñ y de la a. O saltando de la línea del medio del teclado a la de abajo o a la de arriba: as ax aw al ai ñi ñj ña. No, no se me ha estropeado el teclado es que así era el método de aprendizaje. Y aprendí. Vaya que si aprendí a escribir a máquina con la espalda recta, la mirada al frente, los codos pegados al cuerpo y la mirada por encima del teclado.
Los teclados de las máquinas de escribir de los años setenta del siglo pasado con los que aprendí «ancá» la Angelines, no tienen nada que ver con los de ahora de los ordenadores. Y menos aún con los de los móviles. Menos mal.
Los de antes eran de hierro forjado, no tenían dos señales como los de ahora. Una curiosidad, en los teclados de los ordenadores, hay un puntito como de código Braille en la letra f y en la j, para que cuando escribamos con todos los dedos, los podamos acomodar bien en el teclado.
Supe que aprendí a escribir -y por tanto, estaba preparado para sacarme el título- cuando ya ni me daba cuenta de que en la habitación de la academia en pleno agosto con solo un par de ventiladores, ni sentía calor ni me molestaba el ruido de mis compañeros de fatiga todos escribiendo a la vez, intentando llegar a cuatrocientas pulsaciones por lo menos.
«Estimado cliente: Deseando se encuentre usted bien». «En respuesta a su inestimable misiva…». Son tantas las cartas comerciales que escribí practicando que se demuestra que la insistencia no se olvida.
Todavía consigo escribir el abcedario (abcdefghi…) sin mirar el teclado. Y eso que el mío ya no es de hierro como el de una Olivetti lettera 32, ahora, el de mi ordenador es de plástico duro y con las letras blancas más utilizadas, borradas. Mejor los de ahora, la verdad.
Fin.












