Un tertuliano de una cadena de televisión -no sé si de la Uno, la Tres, la Cuatro, la Cinco o la Sexta, para mí que no tengo estudios, son indistinguibles- insistió ayer repetidas veces en que como en España hay libertad, no existe la censura.
Como perseveraba tanto en ello, yo, que para algunas cuestiones soy bastante desconfiado me dije: “Está claro, al tertuliano ese le pagan para continuar insistiendo en el asunto, por lo que no hay que hacerle mucho caso, hasta él sabe que es mentira lo que dice”. Con esto quedé más tranquilo, qué fácil es encontrar estrategias psicológicas para autoafirmarse, ganar seguridad quedando como alguien inteligente y con criterio y luego pasar al siguiente asunto.
Por cierto, lo que trataban en la tele era uno de los dos asuntos de moda: no el del (presunto) descuartizador al que están humanizando las teles y las revistas del corazón, sino el otro, el de una cantante que ha enseñado los pechos mientras actuaba en un festival de música organizado por una asociación que se llama Art de Troya -el nombre le viene que ni pintado para estas cosas- en Aranda del Duero (Burgos).
La famosa cantante que reivindicaba algo que según si dices que, crees que, eres o votas a la derecha opinas de una manera y si dices que, crees que, eres o votas a la izquierda opinas la contraria.
Otra tertuliana que es más o menos de mi edad, escandalizada, medio gritaba también que es que podía haber niños en el concierto. Y niñas, pensé yo. Y ver pechos femeninos. ¿No es eso un escándalo? Por eso cuando a los bebés se les da el pecho, cierran los ojos. Pensarán: «Qué asco», pero «qué asco» más rico, eso sí.
En ese festival de música de la cantante de 51 años -hasta eso tienen en cuenta los tertulianos- enseñando los pechos hay catas de vino. Imagino a esos padres dándole a sus niños vino Quina Santa Catalina o Quina San Clemente -de trece grados- que en los años setenta anunciaban para toda la familia, los amigos y los niños, en este caso para acompañar la merienda. Y luego decir: “Venga niños, que luego, con la tajá, nos vamos a ver un espectáculo del estilo de los que echaban en el Tabarín, las noches de Extremadura”. Nótese la ironía.
Luego me puse a buscar en internet si decían el grado de censura y libertad que existe en España. Sé de muchos casos que ha habido a lo largo del siglo XX sin necesidad de leerlos en internet, pero si una tertuliana -voy a tener que leerme otra vez el “Contra los tertulianos” de Carlos Taibo- reitera con gran efusión y frenesí que España es un paraíso de libertad y de no censura, a la octava vez que lo diga, me lo creeré.
Y llegué a una conclusión: la censura no existe, lo que hay es autocensura. Y eso es libertad. Nada de carencias o no de conocimientos, de criterio, de formación. Lo mismo todo lo que nos llega por televisión, radio, redes sociales y demás medios de comunicación está destinado a entretenernos y a distraernos: pensar cansa, lo fácil es dejarse llevar. Y eso lo mismo también es libertad: la de encender o apagar la tele o el móvil. Sí, claro.
Fin.












