Por entre unas matas, seguido de perros, no diré corría, volaba un conejo. De su madriguera salió un compañero y le dijo: «Tente, amigo, ¿qué es esto?»
«¿Qué ha de ser?», responde; «sin aliento llego…; dos pícaros galgos me vienen siguiendo». «Sí», replica el otro, «por allí los veo, pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Son Podencos.» «¿Qué? ¿podencos dices? Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos; bien vistos los tengo.» «Son podencos, vaya, que tú no entiendes de eso.» «Son galgos, te digo.» «Digo que podencos.» En esta disputa, llegando los perros, pillan descuidados a mis dos conejos. ¡Y “chin púm!”. Que los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa, llévense este ejemplo.
Seguro que también te has dado cuenta de que hay gente que parece gustarle discutir. Que buscan cualquier momento para atizar el fuego del enfrentamiento, sin darse cuenta de que las heridas que genera el odio son como el viento que aviva una brasa: pese a que luego se pida perdón, hacen que la llama vuelva a resurgir una vez más.
¿Por qué no nos proponemos mantener lejos de nosotros el ardiente fuego de la discusión? ¿Seremos capaces de no discutir ni por galgos ni por podencos por ejemplo durante una semana?
Decía Buda que aferrarse al odio es como coger un carbón ardiente para tirárselo a alguien: eres tú quien se quema.
No perdamos tiempo, mi cuate, que de lo único que no tenemos tiempo es de perder el tiempo. No discutas amigo mío por cuestiones sin importancia. Pelea por lo importante.
En vez de galgo o podenco acaba la discusión con un abrazo, con un vente conmigo al huerto… O, mejor, sigue a Serrat: “Pelea por lo que quieres y no desesperes si algo no anda bien… Hoy puede ser un gran día y mañana también”.












