Menocchio, fue un molinero italiano al que quemaron en la hoguera en 1599 por orden del Santo Oficio. Su vida la contó Carlo Ginzburg en en libro titulado “El queso y los gusanos” publicado en Italia en 1976.
Éste es de los más importantes libros de la llamada microhistoria, una corriente encargada de contar o reconstruir biografías de personajes insignificantes, anónimos, de clases bajas o populares.
Menocchio vivió en el noroeste de Italia, cerca de lo que se conoce ahora como Eslovenia. En aquel siglo XVI quién mandaba en Italia y en la mayoría de los países europeos era la nobleza feudal.
Ya no se vivía en la Edad Media (unos “entendidos” dicen que la Edad Media acabó en 1492 con el descubrimiento de América y otros que en 1453 con la caída del Imperio bizantino, la invención de la imprenta, la publicación de la Biblia de Gutenberg y el fin de la guerra de los Cien Años) pero los índices de analfabetismo seguían siendo altísimos.
Thomas Piketty en su libro sobre las desigualdades sociales a lo largo de la Historia cuenta que en aquellos años la nobleza y el clero eran las clases dirigentes y las más ricas: poseían casi la totalidad de las tierras agrícolas que eran la base de la economía social. La nobleza y el clero controlaban todos los derechos y poderes (seguridad, justicia, violencia legitimada…)
Dice Piketty que: “El orden social se estructuraba en torno a algunas instituciones clave: el pueblo, la comunidad rural, el castillo, la iglesia, el templo, el monasterio”, todo ello de manera descentralizada sobre todo por las malas comunicaciones y la precariedad de los medios de transporte.
En las sociedades medievales casi nadie sabía leer ni escribir (una de las cosas más divertidas que escuché una vez fue decir a una persona «culta» que le hubiera gustado nacer y vivir en la Edad Media, así, sin ducha ni wifi ni nada) solo aquellos nobles (lo importante para ellos era saber montar a caballo, medrar y guerrear) a los que el clero enseñó (las mujeres ni siquiera las nobles, existían directamente), pero en el siglo XVI (hace quinientos años) algunos, como nuestro amigo Menocchio, habían aprendido a leer y escribir.
A Menocchio (que llegó a ser alcalde de su pueblo), lo que más le gustaba era discutir, sobre todo, con los curas.
En 1583, fue denunciado por un miembro local de la Iglesia a la Santa Inquisición por hereje y blasfemo.
Menocchio decía cosas extrañísimas para la época como que Jesús no era hijo de Dios, que María no era virgen y que el Papa no recibió ningún poder de Dios, sino que simplemente ejemplifica las cualidades de un buen hombre, agregando también que Cristo no había muerto para «redimir a la humanidad o que cualquiera que haya estudiado puede convertirse en sacerdote sin ser ordenado, porque todo eso es un negocio».
Y es que en aquellos años todo pertenecía al Papa, a los cardenales y a los obispos que, decía Menocchio “oprimen a los pobres, que, si trabajan dos campos alquilados, estos serán campos que pertenecen a la Iglesia, a algún obispo o cardenal».
Todo esto y más lo cuenta Carlo Gizburg en su libro “El queso y los gusanos”, título basado en lo más importante del pensamiento del molinero exaltado (y puede que adelantado a su tiempo) llamado Menocchio (sus confesiones dejan ver cómo era el mundo de los campesinos y artesanos del siglo XVI): negaba que Dios hubiese creado el mundo, creía que este se había generado a partir de un caos primigenio en donde la tierra, el agua, el aire y el fuego estaban mezclados en un todo informe.
De la misma manera que el queso surge de la leche, ese caos primordial formó una masa, en la que no tardaron de aparecer gusanos. Estos gusanos, eran los ángeles y el mismísimo Dios. como los gusanos del queso, según cierta creencia popular. Esas cosas decía.
Al final, después de dos juicios inquisitoriales, dejar arruinada a su familia y ser torturado, en 1599 quemado vivo en una hoguera por orden del Papa Clemente VIII. Entre los argumentos en contra estaba el «que leía mucho y sin saber qué leía».
Aquí (así) acabó la historia de un tipo singular, extraño para la época, alguien que lo que quería era que su sociedad cambiara a mejor. Eso y más cuenta Ginzburg en su libro.
Fin.












