Escribo estas líneas cuando se van a cumplir cuarenta años de la aprobación de nuestro Estatuto de Autonomía. Dos días antes, el 23 de febrero, se han cumplido cuarenta y dos años del golpe de Estado que el teniente coronel Tejero, acompañado de un grupo bien nutrido de Guardias Civiles, asaltó el Congreso de los Diputados secuestrando a los diputados y al gobierno en pleno de la nación. A punto estuvo de acabar una nueva experiencia democrática y con ella la Constitución de 1978 y el todavía non nato Estatuto de Autonomía.
Se aprobó un 25 de febrero de 1983 y disponemos desde entonces de una herramienta que nos abre puertas que históricamente estuvieron cerradas para los extremeños. No fue aquella una época fácil. Los extremeños desconfiábamos de todo y de todos. Nuestra historia era una historia de engaños, abandono, miseria y desolación. Ya en el siglo XVIII, algunos prestigiosos juristas escribían lo siguiente: El Conde de Campomanes, Fiscal del Consejo Supremo de Castilla, en su Memorial Ajustado de 1771, decía: “La provincia de Extremadura ha llegado con justa causa al Trono a implorar la Real clemencia y protección para impedir su inminente exterminio y despoblación”. Años más tardes, en 1791, nuestro paisano de Ribera del Fresno, Juan Meléndez Valdés, pronunció un discurso con motivo de la apertura de la Real Audiencia de Extremadura, en Cáceres, que decía: “Todo está por crear en Extremadura, y se confía hoy a nosotros, sin población, sin agricultura, sin caminos, sin industria ni comercio. Todo pide, todo solicita, todo demanda la más sabia atención, y una mano reparadora y atinada para nacer a su impulso, y nacer de una vez sobre principios sólidos y ciertos que perpetúen para siempre la felicidad de sus hijos. Hoy se fía a nosotros el empeño difícil cuanto honroso de proveer a tan graves necesidades de regenerarla, de darle nueva vida”.
Seguramente, en este aniversario se analice lo hecho por la política en los cuarenta años de vida del Estatuto. Yo me atrevo, desde estas líneas y retirado en mi rincón, de avisar de la responsabilidad que tenemos también los ciudadanos a la hora de apuntalar el progreso de nuestra tierra.
Estamos en un mundo muy cambiante, en el que la movilidad profesional es algo habitual y en el que la materia prima más importante, la inteligencia, no tiene que estar ligada a territorios concretos. En este contexto, cuando un profesional cualificado se plantea cambiar de residencia, lo que hace es valorar si su nuevo destino reúne lo que todo el mundo ha convenido en calificar como calidad de vida. ¿En qué consiste esa calidad de vida? En disponer de un buen sistema sanitario, en tener acceso a una educación que garantice la formación y el desarrollo intelectual de los individuos, en encontrar facilidades de acceso a una vivienda sin tener que pasar el resto de tus días compartiendo la propiedad con una entidad bancaria y teniendo que trabajar, casi en exclusiva, para poder pagarla. Estas son algunas de las cuestiones básicas que alguien tiene en cuenta a la hora de plantearse un cambio de residencia.
En todas ellas Extremadura puede dar respuesta de primer nivel, por encima de otros muchos lugares de España y, sin embargo, nosotros somos los primeros que ni nos molestamos en intentar transmitir a los demás esos valores.
Y así, si nosotros no somos los primeros en creernos las aportaciones positivas que nuestra tierra está haciendo en muchos ámbitos, es muy difícil que consigamos que fuera de Extremadura nos perciban de otra forma que con los estereotipos que nos han acompañado durante décadas: una tierra atrasada, sin posibilidades de progreso, abocada a la emigración, con gente simpática y agradable pero poco eficiente, además de violenta como trata de retratar falsamente la literatura sobre la España profunda, etc.
Estos son los tópicos y contra ellos debemos rebelarnos pero, para eso, debemos ser nosotros los encargados de poner en valor lo propio, sabiendo diferenciar lo que es merecedor de nuestro aplauso y lo que es una mera anécdota de la cual es exagerado sentirse orgulloso.
Vuelvo a la pregunta sobre la contribución de los propios extremeños a la generación de una percepción negativa sobre nosotros dentro y fuera de Extremadura. Y amplío la reflexión: Cuando valoramos los factores que condicionan nuestro desarrollo socio-económico, nuestra capacidad de generar empleo estable ¿incluimos entre ellos esta imagen negativa que, de cuando en cuando, contribuimos a fomentar? ¿Tenemos en cuenta cómo condiciona esta imagen negativa la posibilidad de atraer inversiones del exterior y de retener talento propio? ¿Cuántos miles de euros nos cuesta al día la imagen negativa de Extremadura que nos negamos a desmontar de una vez por todas?












